Las suburbias del ’82.

En 1982 ocurrió un fenómeno fílmico de lo más curiosos: dos películas estrenadas  con una semana de diferencia un mismo origen y de parte de la misma mente  creativa: una nos enseñó a no pegarnos a la televisión, y la otra nos quiso andar en  bicicleta pasando la luna. Son las exploraciones de la suburbia de Steven Spielberg.

Algo que siempre resulta gratificante a la hora de generar maratones –solo o  acompañado- es contemplar al cine como un material repleto de hilos conectores de  gama temática, eso sirve mucho para evidenciar de todo: desde similitudes en Duro  de matar (John Mc Tiernan, 1988) y Mi pobre angelito (Chris Columbus, 1991), el  elemento temático de la perspectiva infantil en Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan,  1962) y El cazador de la noche (Charles Laughton, 1955), pasando por ocasiones  en donde incluso los propios realizadores están conscientes de estos elementos  unificadores y que son plasmados en hasta trilogías temáticas como las que han  realizado personas como Lars Von Trier, Paul Verhoeven, Pier Paolo Pasolini…  incluso Steven Spielberg ha sido partícipe dentro de este juego, y particularmente es  en este en donde encuentro un caso bastante anormal dentro de las unificaciones  temáticas. 

Considerando de que estas vacilaciones mentales de encontrar significantes  unificadores en películas es una actividad que abarca años y hasta décadas entre un  proyecto y otro, el caso de Spielberg resulta algo especial, porque una de sus dobles  funciones ocurrió con la diferencia de no años, ni meses: fue una diferencia de 1  semana. 

La raíz de esta doble función también parte de algo bastante curioso, pues las dos  películas que forman parte de este ejercicio fueron consecuencias de un proyecto  fallido. Para finales de los setentas Steven Spielberg tenía miedo de que Columbia  quisiera avanzar con la producción de una secuela de Encuentros cercanos del tercer  tipo (1977) sin su participación, precisamente algo que sintió con deteste cuando  Universal avanzó con la producción de secuelas de Tiburón. La producción de una 

secuela de Encuentros cercanos sí era algo que Columbia tenía en completa  planeación de parte de un plan de Frank Price, reciente director del estudio que  además tenía una especie de pelea de desestima frente a Spielberg con quien ya  había trabajado durante su dirección bajo la división televisiva de Universal, de donde  precisamente salió Spielberg quien veía con preocupación los intereses de Price en  atención a la caja chica, no la pantalla grande. 

Spielberg accedió a darles una idea de una secuela, y el preliminar que entregó para  desarrollar usó como referencia el caso de los Duendes de Kelly-Hopkinsville, en  donde supuestamente una familia de granjeros recibió por varias horas el acoso de  un grupo de seres extraterrestres.  

En este guión que llamó Night Skies, Spielberg se mostraría ambicioso, y en un todo  decadente y crítico en mayor medida para contrarrestar quejas sobre su persona, pero  ocurrieron varias cosas a lo largo de la pre producción de Night Skies que terminaron  por matar el proyecto. El fracaso de 1941 en 1979 hizo que las concesiones creativas  de Spielberg fuesen algo que ya no se podía tomar a la ligera, sobre todo  considerando de que 1941 fue una película de tal escala que tuvo que contar con el  apoyo de dos estudios de cine y su crisis sentimental al lado de Amy Irving quien ya  decidía formalizar la relación con el director cuando este se encontraba al igual que  el personaje interpretado por Richard Dreyfuss en Encuentros cercanos… un  hombre deseoso de escapar de sus realidades. 

Spielberg encontraría consuelo a través de George Lucas, quien lo animó a escapar  de contratos con los anteriores estudios y enfocarse en una producción que terminaría  volviéndose Cazadores del arca perdida, y durante las filmaciones de la película, hubo  una especie de desdoble de parte de Spielberg a través de otros dos colaboradores:  dentro de las locaciones de Tunisia entabló amistad con la guionista Melissa  Mathison, quien al leer el tratamiento casi final de Nigh Skies encontró que lo más  destacable del proyecto se encontraba en la relación de un extraterrestre benevolente  y un niño con autismo: de ahí nacería la nueva producción a futuro de E. T. el  extraterrestre

La otra voz que Spielberg obtendría de apoyo, sería Tobe Hooper. Hooper no era  conocido por ser guionista pero sí por ser un director de horror de culto tras haber 

radizalicado al género con su Masacre de Texas, en donde básicamente Hooper  sentó las bases para el subgénero del slasher y del road horror cuando estos tenían  apenas vestigios temáticos. Hooper se encontraba durante la filmación de Cazadores  del arca perdida en Universal preparando su producción de La casa de los horrores  (The Funhouse, 1981), y aceptó ayudarle a Spielberg en un tratamiento del otrora  guión de extraterrestres que ahora extrapolaba todo lo que no fuera la relación  sentimental del niño y el extraterrestre, es decir, el género que tan bien conocía. Eso  terminaría por ser Poltergeist

Poltergeist e E. T. el extraterrestre son un caso bastante curioso, por sus escenarios  y puntos de vista son tan similares que parecen incluso ocurrir dentro de los mismos  terrenos suburbanos de Norteamérica. Son historias de familias de clase media  blanca de apariencia normal pero con fallas dentro de su propia estructura y en donde  los personajes infantiles se vuelven el punto de vista y contacto con lo paranormal. 

Es bastante curioso verlas en doble función porque esta además termina realzando  las fortalezas dentro de cada una. Es Poltergeist la que termina obteniendo  elementos mucho más críticos sobre la condición del sueño suburbano americano de  inicios de los ochentas con una concepción pesimista de la tecnología y la televisión  como un medio de entretenimiento mundano y que aparece en casi cada rincón de la  casa que suple las relaciones formales de los individuos de la familia. 

También existe una visión que parece compadecerse de la generación del verano del  amor: una generación que en medio de los movimientos revolucionarios y desfogue  sexual termina por adquirir responsabilidades familiares a pesar de una completa  inexperiencia que les evita tener contacto dentro de sus alcances recreativos como lo  son el tener sexo marital –cuando tienes un montón de niños corriendo por todas  partes- y el uso de drogas relegadas a una cajita de vergüenza. 

E incluso el más fortalecido y que a menudo la gente pasa como desapercibido: la  presentación de que los sueños de esta media capital y estos rostros son en base del  aprovechamiento y borrado sistémico de otras etnias provenientes del verdadero 

origen de América y que ni siquiera pueden encontrar paz en el desapego de sus  cuerpos que son utilizado como literales fundamentos de los sueños y expansiones  de la felicidad terrenal con una cochera y una alberca para olvidar los problemas.

Estos son elementos muy fuertes dentro de una película que habitualmente se  presenta como una del corte del horror y que sólo parece entenderse dentro de los  elementos viscerales, y esto cabe resaltar de que son condicionantes y  preocupaciones que no son precisamente de parte de Spielberg, sino más bien de  Hooper, a quien eternamente se le ha vilificado como un ser sin voz ni autor en su  película más taquillera. Pero es que al final de cuentas este mensaje latente entra de  forma disimulada porque Poltergeist se trata del primer ejemplo de una producción  Amblin o de Spielberg con todo y los elementos casi remarcados dentro de su  conceptualización audiovisual que la pone de lado de Gremlins (Christopher  Columbus, 1984) o Volver al futuro (Robert Zemeckis, 1985)

Estos elementos de pesimismo en cierta forma aparecen en E. T.  

La casa de Elliot es una casa enorme dentro de un espacio acomodado y que tiene  una expansión notoria en donde los chicos pasan justo a las afueras de un enigmático  bosque que al principio de la película incluso lo retrata con un tétrico aire, pero la casa  de Elliot tiene una apariencia espectral y de sentido arraigado en el gótico, puesto  que es una casa con ausencia y que refleja la dificultad de los niños establecida en  un fantasma que rige sus nuevas realidades. E. T. la que indudablemente tiene una  mayor fortaleza sentimental que Poltergeis t, una película que parece mandarse  desde un sentido lacrimógeno pero que en realidad es una auténtica exploración de  este sentir infantil, mismo que forma dentro de la película de horror pero en aquella el  punto de vista principal más bien radica sobre la dificultad de los padres.  

Aquí lo que vemos básicamente es el “horror” de ser un niño, uno que tiene que  acostumbrarse a los nuevos dictámenes legales de su momento, con Elliot y sus  hermanos teniendo que entender la ausencia de su padre que abandona a su joven  madre en un divorcio que para los chicos es tener una especie de duelo en donde  constantemente piensan que tienen culpa de esto.

Tomando en cuenta de que para 1981 la taza de divorcios en Norteamérica obtuvo el  punto más alto que tuvo en su historia desde que se establecieron de forma popular  –y que el cine ya había mostrado en películas como Kramer vs Kramer de- esta  identificación con una realidad que ahora vivian 5 de cada 1000 norteamericanos fue  detonante para sentir que una película les estaba hablando. Esto es inintencionado  porque también esta sensación de abandono e incomprensión es algo que terminaría  por afectar al propio Spielberg y principal encadenador temático de la mayoría de sus  películas, de ahí que sienta más responsabilidad y que E. T. se sienta como un viaje  emotivo justo y con una razón de ser. 

Y es que en E. T. la naturaleza propia de los niños no queda relegada al término del  horror como en Poltergeist. Spielberg a través de sus interacciones –en donde se  volvería patriarca fílmico de los tres- les deja una gama de expresiones y sensaciones  naturales y genuinas, y esto termina contaminando a la audiencia en un jovial  momento de idealización de la juventud a la que tampoco deja el sentido casi fúnebre  en donde E. T. obtiene un mantra de aceptación y paz interna tras lo maravilloso, algo  que para Poltergeist queda relegado a un gag de aventar la tele dentro del nuevo  refugio de los Freeling que parece decirnos, que esta familia realmente no ha  entendido las consecuencias de lo que fueron parte más que sólo razonar que la  vertiente de todo lo que salió mal fue el contacto de Heather al televisor. 


Es una doble función que ha crecido con muchos de nosotros y que realmente vale la  pena volver a tener a 40 años, porque estamos frente a dos propuestas bastante  pulidas dentro de las concepciones del blockbuster moderno que normalmente  asociamos a las palomitas y a pasar el buen rato con nuestras familias… cosa que sí  hacen pero que van más allá, y que realmente me cuesta trabajo entender como algo  que siquiera Spielberg u otro realizador haya repetido en estos tiempos. No se diga  más, es obligado ese paso a las suburbias del ’82. 

Puntos extras porque las dos tienen cameos de Yoda y perros Golden Retriever.

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