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CRÍTICA – RAMBO: LAST BLOOD
29
Sep

CRÍTICA – RAMBO: LAST BLOOD

Ha sido un largo camino, pero la nueva entrega de Rambo termina por enterrar la complejidad de su protagonista en una secuela con la fuerza de un videohome. 

Por: Deusdedit Diez de Sollano Valderrama

Dirige: Adrian Grunberg 

Elenco: Sylvester Stallone, Adriana Barraza, Yvette Monreal, Sergio Peris-Mencheta 

País: Estados Unidos

Año: 2019

Duración: 94 minutos

Rambo no empezó siendo una carnicería andante durante su primera incursión cinematográfica, esta noción más bien es el hecho de que la cultura popular haya tomado más atención a las secuelas tan ridículas y propagandísticas que precedieron en vez del filme de suspenso y crítico de la guerra de Vietnam dirigido por Ted Kotcheff en 1982, pero supongo que verlo hacer papilla al enemigo funciona más que ver a Stallone entregar en cuerpo y alma uno de sus mejores –y trágicos- papeles. Conforme pasaba cada secuela, Rambo se volvió cada vez más una caricatura, siendo la tercera entrega –Rambo III (Peter MacDonald, 1988) una felación directa al gobierno de Estados Unidos que se veía comprometido a demostrar la maldad de los rusos, irónicamente dejando de lado el hecho de que Rambo, el héroe del filme, termina apoyando al gobierno de Afganistán

A partir de ese punto, existe una pausa de 20 años para que una nueva película de Rambo aparezca. Adjudico este fenómeno al hecho de que Stallone en un punto decida revivir a sus dos franquicias claves. Si en el 2008 Rambo y Rocky regresaron a la pantalla grande, fue en medida por las decisiones de Stallone, quien fungió como productor, guionista y escritor de las dos películas en una ocasión de control que no tenía desde hace ya tiempo atrás; entonces, no es coincidencia que con la aparición de Rocky Balboa en las películas de Creed, el hombre haya pensado que es el mejor momento para que John Rambo también tenga una nueva entrega. Stallone al igual que las películas del hijo de Apollo, no dirige, esta ocasión está reservado para el papel estelar y para un guión, que no hace otra cosa más que la de demostrar la carencia dramática que padece desde hace ya varios años y en donde todo lo que construye, se aleja cada vez más de una posible profundización del personaje. 

Rambo (Stallone) vive en el rancho que visitó en el final de la última entrega, dedicado a montar a caballo y a tener una vida tranquila junto a María Beltrán (Adriana Barraza), una amiga de la familia de nacionalidad mexicana con la que desayuna y la cual siempre tiene una dinámica de que cuando platica con una persona, las primeras dos frases que dice son en español, para luego pasar al inglés (me imagino yo que, tienes que demostrar que eres mexicano). 

Cuando Rambo no está en su labor de ranchero, está platicando con Gabriella (Yvette Monreal), la nieta de María que está a punto de irse a estudiar una carrera universitaria, pero que quiere hacer las pases con su padre, el cual no ha visto desde que era una niña y le abandonó para regresarse a México. A pesar de las recomendaciones de los dos adultos de su vida, Gabriella decide ir a su encuentro, el cual obviamente sale mal y termina atrapada en una red de prostitución coordinada por los hermanos Martinez; esta información llega a oídos de Rambo, quien va de inmediato a rescatarla. 

Es evidente de que Stallone y compañía han visto otras películas con el paso de los años, películas que hacen un mejor retrato de la dificultad de seguir en un mundo al cual no le importa si eres un monstruo violento. La audiencia recordará de inmediato a Logan (2017) de James Mangold, pero incluso hay una secuencia robada sin descaro alguno de Nunca estarás a salvo (2017) de Lynne Ramsay, pero de nada sirven cuando la carencia emocional se encuentra de raíz. 

Rambo de pronto vive co-dependiente de medicamentos para la salud mental, y por alguna razón ha decidido volverse un topo humano, creando una red de túneles en donde pasa sus ratos libres escuchando música a todo volumen y creando pasadizos secretos… y nadie parece preocuparse por ello, también es extraño de que, este mismo hobby sea el modus operandi de Jason Vorhees que propuso su última entrega en el cine (supongo que entre asesinos en masa se entienden). 

¿Las medicinas y los túneles sirven de algo? No realmente. Los medicamentos quedan de lado y nunca presenciamos la supuesta manía que Rambo intenta controlar, y los túneles sirven para dos cosas básicas que incluso puedes estar adivinando en estos momentos: un flashback de Vietnam -¿Cómo no se le pudo ocurrir a Rambo y a sus amigos de que crear un entorno similar a la guerra de la que sobrevivió no le traería consecuencias?- y el final, en donde este entorno cobra significancia ya que Rambo tiene dos montajes en donde prepara trampas para su batalla final. 

Tampoco ayuda que las deficiencias de un guión –que encima tiene una labor propagandística que no podemos dejar de lado en estos tiempos en donde un sujeto naranja dice que México es de lo peor y el favorito de Ronald Reagan termina masacrándolos- no son atendidas por Adrian Grunberg, quien dirige de manera apagada un filme de rambo, el cual no ofrece nada de valor con un montaje que trata de esconder el hecho de que Rambo esté más que avejentado, y secuencias gore que servirían más si el entorno no fuese totalmente oscuro y dependiente de un cgi del que Stallone ya ha sido fanático desde hace 10 años. 

Su corta duración tampoco es un factor de regocijo, porque si bien esto lo podemos percibir como un alivio que no sufres, la película tiene una prisa por llegar a la secuencia final, y personajes secundarios no tienen ningún desarrollo y quedan prendados a escenarios específicos, atrapados en una maldición que no les permite interactuar como personas normales o salir siquiera a la tienda más cercana. 

No era necesaria una entrega más de Rambo, y el público en esta ocasión parece pensar lo mismo, ya que esta película está recibiendo la menor taquilla de toda la saga, aunque el nombre de Stallone y de su personaje tienen peso en gente que encuentra delicias a la hora de apagar por un rato la mente y distraerse con la última –ahora sí- desventura del que que no quería la guerra pero la guerra sí que lo ama. John Rambo, ya lo decía Dan Hill en tu canción: Es un camino largo cuando vas por tu propia cuenta, y duele cuando destrozan tus sueños. Ojalá te puedan dejar en paz de una vez por todas.