|

EL SALÓN DE LA CRÍTICA: BURNING
3
Jul

EL SALÓN DE LA CRÍTICA: BURNING

Estas son las críticas elegidas por la crítica invitada Jessica Oliva para el séptimo El Salón de la Crítica del GIFF y sus autores estarán en El Taller de la Crítica.

Por: Isaac Piña

Burning es una película sudcoreana que comienza con el encuentro fortuito entre dos jóvenes, una chica y un chico, quienes en su infancia fueron vecinos.

La historia que nace de su improbable reencuentro es una suerte de “no trama” en la que sí existe una progresión dramática pero en donde cada secuencia hay un dejo de angustia y rareza que pareciera dejar inconexas unas escenas con otras.

Este temor que pende sobre la película es en parte alimentado por la actitud contradictoria de Jong-su, el protagonista un tanto gris que funge más como un testigo receloso e ingenuo a partes iguales que como un verdadero personaje activo gran parte del filme (o eso cree el espectador).

La narrativa es mínima y depende del misterio que rodea a la cautivadora Hae-mi para desentramarse, pero más allá del aura esquivo, curioso y melancólico de la joven, en Burning no hay una secuencia puntual que denote dicho suspense, es decir, no ocurre a cuadro un asesinato, ni un secuestro, ni una pelea, ni un robo, ni nada.

Existe más bien una tensión velada de distintos tipos: Sexual, romántica, social y, por momentos, existencial. Y tal clima emocional se desarrolla gracias al funcionamiento conjunto de Yoo Ah-in (Jong-su) y la debutante Jeon Jong-seo (Hae-mi), además del trabajo como fuerza disruptora que es Ben, un encantador antagonista interpretado por el coreano-americano Steven Yeun.

La realidad dentro del filme se difumina conforme la incertidumbre se asienta, cuando los tres personajes más se aíslan y cuando su conexión tanto entre ellos como con el mundo se torna hasta cierto punto en un vínculo fantasmagórico.

El director Lee Chang-dong utiliza de manera extraordinaria el contraste visual entre la abrumadora vastedad solitaria del campo y el constante flujo cosmopolita de la ciudad para con poderosos retratos de ambos lugares desnudar la problemática interna de los tres personajes, sobre todo del protagonista, Jong-su, y su contraparte, Ben.

Destaca la sensibilidad del realizador desde el título, que deriva en una metáfora que hace las veces de una muñeca rusa, un loop de ideas encadenadas por una sucesión de atardeceres y amaneceres que explotan la cadencia erótica y melancólica por la que el filme toma curso.

Lee Chang-dong experimenta con las posibilidades de lo visual al deconstruir la trama con el ritmo, el encuadre y la paleta de colores, además de otros recursos como el diálogo, las actuaciones (todas soberbias) o la música entremezclada con ruidos tales como una grabación política norcoreana, el bullicio de una calle popular o el silencio ominoso de un barrio de clase alta.

Como reza su título, el filme “quema” y se diluye con lentitud, dejando piezas sueltas de un rompecabezas que quizás ni siquiera exista, donde complejos personajes se consumen a lo largo de una búsqueda inútil por darle sentido a su existencia.