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EL SALÓN DE LA CRÍTICA: BURNING
3
Jul

EL SALÓN DE LA CRÍTICA: BURNING

Estas son las críticas elegidas por la crítica invitada Jessica Oliva para el séptimo El Salón de la Crítica del GIFF y sus autores estarán en El Taller de la Crítica.

Por: Karina Solórzano

“Burning, creatividad, civilización y barbarie”

En 1925, F. Scott Fitzgerald publicó su novela “El Gran Gatsby”, la historia de un misterioso millonario obsesionado con el recuerdo de su viejo amor: Daisy Buchanan. La novela mostraba la decadencia de una sociedad entre la superficialidad y el exceso en los años de la posguerra, pero también señalaba el surgimiento de una nueva clase social: la de los ricos de actividades ilícitas en contraste de la rancia burguesía sostenida sólo por el apellido. 

Por los mismos años, en 1928, otra novela “El amante de Lady Chatterley” también hacía una crítica a la burguesía de la posguerra con la historia de pasión de su protagonista y un guardabosque. D.H Lawrence, su autor, fue muy claro sobre las intenciones de esta historia: prima el lugar de la naturaleza sobre los avances técnicos, el bosque sobre la ciudad, la pasión sobre la razón. El personaje de Lady Chatterley, en su época, fue como un llamado de la naturaleza que denunció la creciente manera frívola y mercantil de entender el mundo. 

La película Burning, del coreano Lee Chang-dong tiene resonancias de estas dos obras literarias y es por sí misma una película muy literaria, no sólo por sus referencias impolíticas a Fitzgerald o Faulkner, o por estar basada en una obra del escritor japonés Haruki Murakami, sino porque su desarrollo está articulado a través de los juegos propios de la literatura con cambios de género (va de la comedia romántica al thriller) y la exploración de la imaginación y la capacidad creativa del autor (en este caso Jongsu, el protagonista de la película, interpretado por Yoo Ah In). 

Jongsu encuentra por casualidad a Haemi (Jun Jong-seo) una antigua amiga de la infancia con una personalidad desbordante (al modo de la Daisy de Gatsby) Haemi le pide que cuide de su gato durante un viaje a África. A su regreso le presenta a Ben (Steven Yeun) un misterioso millonario (como Gatsby) con el que comienza a salir y que muestra gran interés por el trabajo literario de Jongsu. Tras un tiempo de convivencia, se da una especie de triángulo amoroso, Jongsu le confiesa a Ben su amor por Haemi y Ben le confiesa a Jongsu que cada dos meses o tres incendia invernaderos abandonados. 

Como en “El amante de Lady Chatterley” Jongsu y Ben representan dos modos de vida distintos. El escritor encarna la vida de campo en el Seúl actual y la vida en la frontera física porque a pocos kilómetros de su hogar está la frontera con Corea del Norte. Ben, por el contrario, representa una nueva clase social, hastiada, superficial, en la búsqueda de vínculos afectivos y hasta cierto punto “occidentalizada”. Sin embargo, en ambos personajes existe un conflicto interesante: Jongsu sigue a Ben tras la historia de los invernaderos para descifrar si esa acción se trata acaso de una metáfora que oculta otro hecho más grave.

Esta comparación entre dos puntos de vida que se oponen, pero se necesitan ha funcionado para explicar el funcionamiento de las sociedades, su ideología e incluso los espacios que habitan. Visto desde el centro, desde la ciudad, el campo es ese espacio de la carencia tecnológica, en donde habita aún el pensamiento mágico. Visto desde la periferia, la gran ciudad es el destino de la corrupción y la deshumanización por el trabajo mecánico. Civilización vs barbarie. 

Moralmente ninguna es inferior a la otra, sólo son distintos enfoques de un mismo acontecer y este es uno de los grandes aciertos de Burning, al estar contada desde el punto de vista del joven escritor existe una ambigüedad que invita al espectador a posicionarse ya sea en el centro o en la periferia. Es por la potencia literaria del personaje de Jongsu que, en su parte de thriller, la película se construye a través de persecuciones, de exploraciones a invernaderos y de pequeñas pistas que nos hacen corroborar que en todo encuentro con lo ajeno hay siempre una fricción que puede provocar incendios.