I’m not there (2007)

HACE 10 AÑOS, TODD HAYNES HIZO UNA ATREVIDA PROPUESTA: UNA PELICULA DE BOB DYLAN, SIN BOB DYLAN.

Bob Dylan es algo difícil de tratar, no por ser una diva in extremis o por tener la cabeza en lo alto, sino porque el propio Dylan no quiere ser parte de ese éxito. Tan sólo hace poco hemos visto su incomprensible –al menos para nosotros los mortales- rechazo por un premio Nobel a su nombre que generó controversia, pero que indudablemente lo pone en un estante de “artista invaluable” que parece no querer recibir en vida… y siempre ha sido así, siempre huye de esa glorificación porque sabe algo.

El registro más temprano a este rechazo lo percibí yo en la pubertad cuando vi por primera vez el concierto de su 30 aniversario. Bob Dylan termina siendo la última persona en asistir al evento, en el cuál canta 4 rendiciones en vivo de sus éxitos, sin interactuar con el público porque desde el inicio encuentra muy fastidioso que George Harrison diga su nombre y de que la gente explote de euforia, se contagia un poco al término de It’s alright ma (I’m only bleeding), porque lo que sigue es My back pages con sus amigos más cercanos y un macro coro interpretando Knockin’ on heaven’s door, para después… seguir sólo y cantar Girl of the North country, termina y se va, agradeciendo al público pero sin entusiasmo latente.

La figura de Dylan había sido elusiva en el terreno fílmico, porque anteriormente había sólo propuestas de documental o si no era eso, se volvía parte de una parodia, y podemos contar el único intento del artista por dirigir algo en Renaldo y Clara (1978), película que dirigió, escribió y protagonizó, con 4 horas de duración y sin tener sentido alguno.

Por otro lado, nos regaló a ese Bob Dylan espectral.

Entonces ¿Cómo te aproximas a un artista que no busca ser retratado de manera fidedigna? Eso fue el dilema que enfrentó Todd Haynes, quien con esta película terminaría su trilogía temática del rock que empezó con Karen Carpenter: Superstar (1987) y Velvet Goldmine (1998).

Mi vida sin mí toma los convencionalismos del biopic y los lanza por la borda. Conocemos la vida de Bob Dylan, pero retratada en diferentes personajes con diferentes nombres y estilos, que ejemplifican la versión de un Dylan, su música en primera y sus conflictos emocionales en segunda, sin remitirse a él de manera tradicional o lastimera; Estos son: un poeta, un profeta (Christian Bale), un forajido (Richard Gere), uno falso (Marcus Carl Franklin), una estrella de la electricidad (Heath Ledger) y un fantasma (Cate Blanchett).

Es confusa, y antes quiero dar una advertencia, porque Mi historia sin mí es ante todo un acertijo, una película que no se abre a todo mundo, porque para poder descifrarle tienes que tener un conocimiento de Bob Dylan medianamente claro. Esta situación de reto es casi única, porque Todd Haynes y Oren Moverman –este segundo co-escritor del guión- en efecto, no se preocupan en adentrar y dar cátedra a una audiencia para saber quién es Bob Dylan, para eso existen discos y libros, conciertos y documentales… no, esa es labor del descubrimiento personal; lo que quieren, es analizar cada faceta sin tener que desarrollar una línea argumental que los una, porque esperan y confían en que la audiencia tenga las suficientes herramientas mentales para poder construir cada historia, y basándose en su propias experiencia con el cantante, sensibilizarse más en empatía con uno en específico.

Este ejercicio narrativo no es para todos, pero debo decir que tuve la fortuna de verla, cuando yo estaba descubriendo a Bob Dylan, por lo que mi primera impresión fue la de entusiasmo y de reír como niño por adentro ya que entendía las referencias que se le presentan. Diez años después, encuentro otra lectura, una que quizás ya no esté más cerca del ególatra de ese entonces que se sentía superior a todos por defender una película confusa para el público tradicional.

Mi historia sin mí no tendrá las intenciones de contarnos la vida de Dylan de manera exacta, pero ciertamente hay un interés en ciertos Dylan que en otros. Los más

satisfactorios, una vez pasada la fiebre del descubrimiento son particularmente excelentes, los que no lo son, llegan a pecar de torpes o poco sutiles.

La gente recuerda Mi historia sin mí por la parte de Cate Blanchett y… precisamente es la parte más exquisita del experimento. Es la que más amolda a Dylan en el físico y tras haber estudiado hasta el cansancio los documentos otorgados por Pennebaker que capturaron a Bob Dylan en su etapa trasgresora. Aquí vemos a Jude Quinn enfrentarse al conformismo del arte, de sentirse confuso y por supuesto que también ser una exageración de persona. De estar en el momento más peculiar de Londres porque en cualquier esquina hay un artista y cada artista es un universo a explorar. Aquí la película también hace una crítica hacia lo que es en verdad arte de calidad, el que se separa del presuntuoso y me resulta muy similar –e inspirado visual y anecdóticamente- en la obra cumbre de Federico Fellini.

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La llegada de Jude es con antelación, porque es hasta pasada la primera hora del filme en el que aparece, y si la película se tratara de sólo este personaje no habría queja alguna. Cate Blanchett se transforma en Dylan, con ese pelo alborotado e incluso en detalles como las gesticulaciones reales y que también exudan una sexualidad agresiva, y si se le da tanto enfoque, es porque dentro del argumento y en la vida real, la vida de Dylan no tiene rumbo, hasta su accidente cuasi fatal en moto.

A partir de ahí, es variado.

El poeta es uno que he estado apreciando más y más. Ben Wishaw reinterpreta al Bob Dylan de la conferencia de San Francisco y se muestra enigmático; sin aparecer mucho y gracias a la construcción de la escena, el periodismo se ha vuelto ahora una gendarmería en donde al “poeta” lo tienen cuestionando toda clase de actividades, por lo que de manera burlona se hace llamar Arthur Rimbauld y sólo contesta con frases potentes que sirven como anexo a los momentos de los demás Dylan.

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El caso del profeta y la estrella de la electricidad también es notorio.

La relación entre ellos rebasa los límites narrativos, porque Jack Rollins es el Dylan del inicio, el luchador y que buscaba el discurso político y ameno con su guitarra, Rollins termina siendo una figura incómoda en un punto porque deja de sentir esa pasión y la asocia más con hipocresía, y la forma de narrarnos esto es a través de un especial de televisión, con todo y cámara al hombro y entrevistas hacia sus allegados (con una Julianne Moore en cameo y siempre al servicio de Haynes); la leyenda de Rollins es la que termina por permear otros aspectos culturales y termina en las manos de Robbie Clark, un actor que termina consiguiendo la fama gracias a su interpretación de Jack Rollins para una película; de todos los Dylan, Robbie es el más alejado dentro de la situación artística y más enfocado en el divorcio metafórico de este con la agenda política, y divorcio de la vida real usando el trasfondo de la guerra de Vietnam y que también alimenta a la historia de Rollins quien después de años en el olvido regresa como un pastor religioso en esta matrioshka fílmica.

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La génesis de la historia de Robbie, fue una agradable escena de uno de los primeros discos de Dylan, a partir de ahí lo que se explora es la relación de artista y familia.

También ayuda, sin intenciones de la película la relación de sus protagonistas: Christian Bale y Heath Ledger. No se encuentran en algún punto, depende uno del otro, uno termina siendo una figura de deteste mientras que la otra se vuelve en un punto el salvador personal de este por tratar de darle sentido a su vida… sí, algo que gracias a El Caballero Oscuro (Christopher Nolan, 2008) adopta una lectura inintencionada y meramente accidental.

Los que desde la primera vez que vi la película encuentro innecesarios, son el forajido y el falso.

Medianamente prefiero al forajido, ya que es una construcción extraña del western atemporal en donde Billy the Kid se reencuentra con un deteriorado Pat Garret (Bruce Greenwood volviendo a hacer del némesis de Dylan en turno, ya que fue Mr. Jones con Jude). Este segmento es el más retraído y que busca explorar el espíritu de Dylan, quien en la época se encontraba meditando en ese folk digno de un score y que de hecho sí pasó con Patt Garret y Billy the Kid (), y Richard Gere termina haciendo a un Billy de tono heroico, lo cual también es curioso si entendemos que la figura de Billy the Kid es una que también se cuestiona incluso en el aspecto visual, del cual Gere parece una evolución coherente del Billy que sobrevivió a su muerte; el principal problema es, que visualmente expresa mucho –siendo el segmento que más presupuesto tiene- pero su tono meditativo prensado en otras historias frenéticas terminan haciendo que le deteste.

Pero no tanto como el falso.

El falso, es donde Mi Historia sin Mí presenta una curva difícil de agarrar, en primera por tratarse del primer segmento, así que si de verdad quieres explorar la finura de la película tienes que tener un poco de temple ya que tiene su duración, y porque a comparación de las múltiples lecturas ofrecidas en los otros espacios, la historia de Woody es sosa, y la que precisamente hace lo que no quería Dylan: que se le alabara a él y a sus influencias musicales.

Es una nimiedad dentro de una película fascinante, y que no puedo siquiera concebir como una obra tradicional. Lo más valiente de Todd Haynes y su equipo fue la total falta de compromiso de buscar un drama básico y sobre todo de entregarlo durante la temporada de premios, lo que me parece tan valiente del proyecto, porque ¿Cuántas veces hemos visto la película de temporada en el que el actor busca desesperadamente ese premio dorado? Mi historia sin mí no se encasilla en ese perfil.

Son diez años de una película retadora y misteriosa, y esa caja de acertijos jamás llamada Bob Dylan puede estar en paz, porque su película está pero no está, justo como él querría.

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