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GLASS (2018)
22
Ene

GLASS (2018)

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No importa si la esperabas por ser secuela de “Desfragmentado” o de “El protegido”, “Glass” es una película obtusa de grandes aspiraciones pero pocos resultados, habitual en la filmografía fallida de Shyamalan.

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El final de “El protegido” (M. Night Shyamalan, 2000) es uno de mis favoritos en la historia del cine. Muchas personas le suelen desestimar debido a la resolución a través de texto que les parece muy barata, pero creo que omiten lo ocurrido. Dos hombres opuestos en lo físico (un hombre invencible frente a uno lastimero) encuentran semejanza uno del otro en el vacío que representan sus vidas, pero que encuentran solución a su existencialismo a través de la moralidad del cómic, ofrecida por el hombre frágil al cual, le ha servido para olvidar el mundo real. Esta moralidad le da una nueva perspectiva al hombre invencible, y pasa: la complicada moralidad del hombre frágil también lo establece como un hombre triste y maniaco que busca sentido en el mundo del cómic a extremismos, y el otro que acaba de abrirse a una persona que considera su amigo y mentor, se encuentra devastado.

“Soy el hombre de cristal”.

No se le da mucho crédito a la película de ser un gran drama, pero ese era el menor de sus problemas. “El protegido” pasó sin gloria en el cine gracias a una campaña de publicidad que la promovía como una cinta de horror cercana a la primera obra del director, y sería tiempo después que comenzaría a tener una revaloración por parte de las audiencias, y en específico por parte del sector que trata de acreditar al género de superhéroes como uno digno y capaz de tener una profundidad, cosa de la que no estoy en contra, pero hay que ver cómo se pregonan las cosas.

“El protegido” comenzaría a tener una revaloración al tratarse de una de las mejores películas de superhéroes, y por la agitación de hace 3 años por “Desfragmentado”, película del mismo director que anunciaba la tan ansiada secuela de su obra maestra, en adjunto con un universo expandido tan ansiado de obtener por parte de todos los estudios que no se llaman Marvel.

Shyamalan tiene todas las de ganar en esta ocasión: es una película de presupuesto corto, y une a sus dos proyectos más memorables, el de la taquilla más reciente y el del valor crítico. No debería ser difícil hacer una secuela, sin embargo, cae, y de una manera catastrófica. Shyamalan padece de un fenómeno que anteriormente recuerdo haber visto en las hermanas Wachowski y sus secuelas de Matrix, en donde de seguro escucharon las miles de alabanzas sobre la primera película y su tratamiento de filosofía y homenaje a la ficción en armonía con la narrativa, sólo para fracasar en su intento ofreciendo más cantidad sin el mismo grado de entendimiento.

En este caso Shyamalan se deja guiar por los conceptos morales y filosóficos del cómic, aunado a la existencia de un mundo que explotó en los medios de comunicación masivos posterior a su película. Parece plantearse como uno de los iniciadores en el contenido maduro y trata de analizar elementos como la velocidad en la que la información nos llega en el día a día, junto con la promesa de un desenlace a su mundo de superhéroes verosímil… el problema es que pone mucho a la mesa que desea explorar y deja a sus personajes en un vacío de desarrollo e ideas sugestivas.

David Dunn queda omitido la mayor parte del tiempo (siendo que se trata de su gran regreso), con un Bruce Willis en tono automático que no se preocupa por actuar encantado dentro del proyecto ¿Y por qué lo estaría? Si en el guión su personaje queda en un segundo plano y realmente no sabemos qué ha sido de él tras todo este tiempo ni sus complicaciones emocionales; este hombre que vio el desvanecimiento de su mundo optimista tras la revelación de su único amigo en el mundo sigue actuando como un héroe durante el primer segmento de la película, y después es convencido de ir a un asilo por afinidades del guionista –más nunca de la trama- porque al parecer los superhéroes son una enfermedad, no una decisión personal.

Quizás el extremo ocurra en tomar su debilidad por el agua, porque lo que en un principio era un miedo natural de parte de un hombre que se da cuenta de que no es enteramente invencible ahora es su kriptonita, porque ahora vale más la asociación al mundo del cómic para hacernos entender que Shyamalan tiene una profundidad innata.

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Mismo caso con Elijah Price (Samuel L. Jackson) que antes era un terrorista con un poco de suerte aprovechando su apariencia frágil, y que ahora es un súper genio capaz de alterar una máquina de rayos X y de hackear computadoras, que por alguna razón la película no deja de mencionarnos que es un hombre con habilidades extraordinarias y un “héroe”, y cuyos diálogos ahora se dedican a expresar los elementos tradicionales narrativos del cómic, y por supuesto que un flashback, porque Elijah sufrió en la vida, como si no nos hubiese sido bastante claro este elemento ofrecido en la primera película.

¿Y qué hay de Kevin y sus múltiples identidades? Pues es de lo poco sobresaliente del filme, James McAvoy sigue con el mismo nivel de exigencia ofrecido en la entrega anterior y hay cierto conflicto por parte de una de las identidades que sí se refleja como un héroe frente a la idea de ser un supervillano, pero no es que salve al proyecto porque su personaje es también forzado a una situación que no le aporta peso ni absolución como el villano.

A sus tres personajes los ahoga en un tedio en forma de tratamiento y a partir de ahí termina en un clímax sin mucha magia o creatividad en las coreografías, un final desalmado y de poca ceremonia para sus queridos personajes al que, además… termina con un cliché de clichés –y de paso el peor tatuaje de la historia- que es de no creerse.

Quizás si tuviese más tiempo para desarrollar sus ideas en más películas, el conflicto final e incluso las secuencias sobre el debate de las aproximaciones psicológicas del superhéroe en el mundo real tendrían cabida, pero son ideas apuradas de parte de un realizador que echa toda la carne al asador, en una jugada clásica que no debería sorprendernos, pero sigue decepcionándonos.

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