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CRITICA: EL SILENCIO DE LOS INOCENTES
25
Feb

CRITICA: EL SILENCIO DE LOS INOCENTES

El silencio de los inocentes, es una obra maestra del horror en todos los sentidos, y eso incluye una problemática que a 30 años también vale la pena analizar.

Título original: The Silence of the Lambs

Dirige: Jonathan Demme

Elenco: Jodie Foster, Anthony Hopkins

País: Estados Unidos

Año: 1991

Duración: 118 minutos

Por: Deusdedit Diez de Sollano Valderrama

Si algo podemos recordar de la televisión de los años 90, es que su programación incluía de manera escabrosa películas y documentales sobre crímenes, de ahí a que tarde o temprano, fuésemos testigos de una de las películas del género por excelencia.

El silencio de los inocentes de inmediato le ganaba a todo el horror que habíamos visto ya por ese entonces, porque ni Brundlemosca vomitando un brazo con ácido, o Jason Voorhes matando a un hombre en silla de ruedas de un machetazo, Michael Myers hirviendo a una enfermera o Freddy Krueger comiendo adolescentes en forma de albóndigas, daban tanto miedo como Buffalo Bill.

En una escena, escuchamos los lloriqueos incesantes de una mujer que fue capturada por Buffalo Bill, quien se encuentra capturada en fondo de un pozo seco localizado en el interior de una sucia casa y jura al hombre que la capturó de que si la deja en libertad, promete no delatarlo ni nada por el estilo, y este caparazón de hombre se asoma en la orilla del pozo superior… con una mirada fuera de otra realidad porque tanto grito no le genera siquiera un atisbo de empatía, sólo repitiendo indicaciones sobre la aplicación de una loción y, tras recibir más chillidos de desesperación, sólo termina imitando el origen de estos de tal forma que no resulta burlona: es un extraterrestre intentando formular el terror humano y fallando en el intento. Vamos conociendo a Buffalo Bill como el asesino que al que Clarice Starling (Jodie Foster) busca de manera frenética y de vez en cuando la película nos muestra sus quehaceres y el tratamiento de bomba de tiempo.

En otra escena sumamente recordada, alcanzamos a escuchar “Goodbye Horses” de fondo, una canción con voz difusa interpretada por Q Lazzarus, y Buffalo Bill se pasea al ritmo de la canción: está celebración de jolgorio erótico de su parte se contra posiciona con el rostro despreocupado de Catherine quien prepara una trampa aprovechando el ruido de la canción, y terminamos viendo a Buffalo Bill de una forma narcisista, pintándose los labios y asegurando que él “se cogería”, posando frente a una cámara y, con una mirada de disgusto, recogiendo sus genitales entre sus muslos, yendo hacia atrás de manera triunfal… revelando una figura femenina que no puede ser.

El silencio de los inocentes es un clásico del horror, muchas veces las audiencias rechazan este género dentro del filme, pero la construcción del proyecto toma absoluta referencia de este tipo de cine y congenian algo sin muchos precedentes dentro del cine norteamericano. Seguimos esta investigación de corte dramático o sacada de una serie de esta índole, pero lo que nos atrae por supuesto que se trata de los encuentros entre Clarice y Hannibal Lecter como demostraciones absolutas del poder fílmico en cualquiera de sus extensiones.

A nivel representativo la dupla de la detective y el asesino representan dos horizontes completamente opuestos: la juventud brillante y con esperanza de redención y justicia que encuentra un horror descomunal y cero justificado, al cual en el peor de los asuntos tiene qué recurrir… y mucho peor termina siendo una figura paternalista, la única figura en este mundo varonil que además parece respetarle y entenderle.

Jodie Foster es fenomenal como Clarice, una mujer que frente a este mundo compuesto de machismos existentes en toda ramificación quiere dar a probar su valía sin jamás ceder a impulsos sexuales o sintiéndose menor, desvía esas conversaciones siempre con una mirada incómoda y es un representante de la realidad que vivimos todavía hasta el día de hoy. Es en los momentos en donde se encuentra con Lecter que también la desglosamos para beneplácito del doctor y descubrimos sus orígenes, y ese rostro rudo y de ojos perspicaces se pierden en un rostro de ojos vidriosos y voz entrecortada… muy a pesar de recibir una respuesta receptiva de la persona que le incita a este tipo de desnudos, lo cual también forman parte de este absoluto compromiso heroico del que quiere formar y del cual también queremos tener una esperanza de que quizás pueda salir de este lago de porquería victoriosa y sin secuela alguna.

Todo el viaje de Clarice además de ser construido con las poderosas actuaciones de Foster y compañía, resulta ser recompensado a nivel técnico gracias a las decisiones de Demme y su equipo que son legendarias. Tak Fujimoto detrás de la fotografía, logra encuadres incómodos de primer plano con rostros que miran a la audiencia y que sirven para afianzar esta dificultad presente en un mundo agresivo con las mujeres a nivel legal o no, sentimos esas palabras obscenas y esas miradas que nos limitan al físico o como pedazos de carne, nos objetivan. El diseño de producción de Kristi Zea genera un dramatismo que nos hace pensar en el filme como un producto de pesadilla, dándole una celda transparente a Hannibal Lecter que impacta más a comparación de sus compañeros o generando un laberinto infernal que uno casi puede oler en la guarida de Buffalo Bill, incluso el apartado sonoro es impecable debido a que el sonido de Tom Fleischman y Christopher Newman es tan sutil en los momentos de un supuesto silencio, con atisbos de algo que capta tu oído en espacios abiertos de gran eco, que dan paso a una grandilocuencia en forma del score de Howard Shore.

Es perfecta, y me es complicado escribir de ella; Si en un inicio trazaba mi relación con el filme es porque he crecido, y esa sensación de incomodidad ha cambiado también con el paso del tiempo. De niño esta percepción de un hombre incómodo con su cuerpo se quedó presente y esos flashes mentales de Buffalo Bill revelando su identidad a las dos cámaras me hacían pensar en qué era lo que le pasaba: la película claramente parece dar indicativo de que el acto en el que incurre es atroz, más allá del concepto de ser un asesino serial.

Esto, parece partir de una pequeña decisión que afecta a toda la película. En una ocasión Hannibal Lecter menciona que la condición de Buffalo Bill no es precisamente la de una persona con interés de transexualismo, pero es dejado en la conversación y a comparación con la propuesta visual de la revelación, termina siendo desestimada.

Tampoco ayuda a que la representación de personas de otro espectro dentro de las identidades y preferencias sexuales en Estados Unidos para 1991 se encuentra todavía en una modalidad de la edad de piedra. Si bien películas como París está en llamas (1990) de Jennie Livingston presentan a la comunidad transexual de manera natural y en medio de sus actividades que celebran su identidad, era un documental: eso por más incentivos positivos que tuviese no iba a plantearse como el producto más taquillero de la temporada, pero sí una película del horror, y vaya camino que ha tenido el horror en este tipo de representaciones.

Básicamente desde Psicosis (Alfred Hitchcock 1960), la idea de presentar a un hombre ataviado en ropas femeninas o con tendencias migratorias de identidad, siempre han sido en un subtexto moratorio: el cine de horror los ve como seres peligrosos, mentirosos de haber engañado a la sociedad sobre quiénes son y también viles asesinos que participan en estos actos en una sed de venganza o de control sexual que no pueden poseer sobre ellos mismos. El problema es que para 1991 el entorno y los personajes siempre fueron lo mismo desde Vestida para matar (1980) de Brian de Palma, pasando por Campamento de verano (1983), Terror Train (Roger Spootiswoode, 1980) y otras miles imitaciones del género slasher.

El silencio de los inocentes es una película favorita de muchos, una que vale la pena repasar en ocasiones y que añoramos porque nos permitió conocer mejor el trabajo de Demme, un realizador siempre infravalorado y muy sensible, a tal grado de que la fallida representación de su película fue algo que siempre le afectó y buscó rectificar. Lo que queda claro es que el cine se plasma en un tiempo y espacio, y nosotros vamos redescubriendo cosas que amábamos o con las que crecimos bajo nuevas lecturas basándonos en nuestras vivencias.

Aceptar la belleza y valía de El silencio de los inocentes dentro de la historia del cine incluye todo y así como podemos repasar sus logros y elementos destacables, el mencionar sus fallas y el porqué de éstas es obligado, es dar un panorama completo que principalmente nos permite entender las cosas que no debemos repetir a 30 años.

El silencio de los inocentes se encuentra disponible en Amazon Prime Video, bajo la suscripción de MGM.