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EL REGRESO DE MARY POPPINS (2018)
15
Ene

EL REGRESO DE MARY POPPINS (2018)

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¿Qué se ve más falso? ¿Las intenciones de Disney de querer hacer un reboot en forma de secuela de una de sus películas más importantes o el bigote de Ben Wishaw?

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Yo no vi Mary Poppins (Robert Stevenson, 1964) de niño. Lejos de contarles que la disfruté en vhs de manera repetida cuando apenas me salían los dientes de verdad la vi en una época muy depresiva de mi vida cuando trabajaba en la sección de tabacos y caballeros de una tienda muy popular de nuestro país cuyas mascotas son tecolotes. No tenía mucho tiempo libre porque estaba atrapado en una crisis de identidad lavando vitrinas sin fin, por lo que me gastaba el poco tiempo que tenía comprando películas para poder ver llegando del trabajo, Mary Poppins fue una de esas y muy a menudo le agradezco la idea de que me haya dado una felicidad que no obtenía en otra parte. También marca un antes y después de mi forma de pensar el cine, porque antes me veía como una persona muy agresiva respecto a mis ideas y mis ideas eran las correctas, la película me hizo reflexionar sobre lo que estaba haciendo y el hecho de que durante todo este tiempo no la había visto por considerarla “de flojera” sin darle una oportunidad.

Mi sentir aporta un tema personal a la conversación de por qué es importante, porque viendo el impacto y esfuerzo de la empresa, entendemos que Mary Poppins es una de las películas más importantes de Disney. Se trata de un musical entrañable y perfecto donde ninguna canción sobra ni es olvidadiza por parte de un capricho de Walt Disney frente a P. L. Travers que ante todas las cosas funcionó, le dio un premio de la Academia al estudio dentro de una categoría con Julie Andrews –la única que ha ganado un premio en el terreno actoral- quien también vio a la película como una bofetada a Warner Brothers y su carrera por filmar Mi Bella Dama (George Cukor, 1964) sin su colaboración.

Entonces, es importante… pero vivimos en una época en donde este valor ya no tiene peso respecto al hambre de los estudios en obtener nostalgia barata y Mary Poppins, es la nueva víctima de este estándar.

Hay elementos desconcertantes dentro de El regreso de Mary Poppins. El primero es que tratándose de un proyecto tan grande e importante para la empresa, quede a cargo de la sosa dirección de Rob Marshall, a quien me atrevería a decir que no tiene ningún éxito en su carrera salvo Chicago (2002) y quien siempre filma con tratamiento planos, enfocados al glamour y la condescendencia de que un musical no tiene un estímulo narrativo profundo o de drama potente, porque se ve bonito y suena bonito.

Lo que es un punto a favor de la película. El diseño de producción y de vestuario es sorprendente, creativo y que también están al completo servicio de cuando las aventuras otorgadas por Mary Poppins hacia los nuevos niños Banks se presentan. Hay un segmento en específico que nos hace la pregunta incómoda de por qué abandonamos la animación tradicional y todo funciona a un nivel superficial, pero conforme lo vas pensando te vas dando cuenta de que El Regreso de Mary Poppins no es una secuela per se, sino un remake disfrazado de secuela.

Entendería que hay ciertos aspectos que se repiten del argumento, como la interacción de Mary Poppins frente a Michael y Jane Banks, quienes ahora siendo adultos tienen que sobrellevar labores que les aleja del mundo de diversión y magia que tuvieron cuando Mary Poppins llegó a sus vidas, pero estos momentos son muy pocos porque la película presenta la misma estructura a calca, no miento ni es una exageración. Si este fenómeno se hiciera para trazar algo mayor a reflexionar en las audiencias, sería entendible, pero lo cierto es que aparece porque El Regreso de Mary Poppins no tiene un argumento sólido que justifique su existencia, y tiene que recurrir a un canibalismo sacrílego que ya le ha dictado los momentos que debe plantear, sin siquiera dar espacio a una exploración o crecimiento de sus personajes.

Y acaba, con el mismo sentimiento y con un cameo extraño por parte de Angela Lansbury –que si nos ponemos estrictos aparecería en la secuela espiritual de la nana prácticamente perfecta dirigida por Stevenson en 1971- que se siente abaratado, un último golpe de esperanza para que las audiencias reconozcan el mismo ADN que posee gracias al nombre. Pero, si se esfuerza tanto en ser Mary Poppins ¿No sería mejor que me pusiera a ver Mary Poppins?

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