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CRÍTICA: PARÁSITOS
10
Feb

CRÍTICA: PARÁSITOS

Pobres y ricos… no importan en realidad, todos son dependientes dentro de un cruel juego de deméritos y engaños llamado Parásitos: otra obra maestra de Bong Joon-Ho.

Por: Deusdedit Diez de Sollano Valderrama

Título original: Gisaengchung (Parasite)

Dirige: Bong Joon-Ho

Elenco: Song Kang-ho, Choi Woo-shik, Park So-dam, Jang Hye-jin, Lee Sun-kyun, Cho Yeo-jeong

País: Corea del Sur

Año: 2019

Duración: 132 minutos

La inequidad de clases es uno de los protos narrativos más reutilizados de la ficción porque con frecuencia permite a los realizadores exponer la realidad que nos aqueja, con esto también existe un dejo de conformismo ya que muy pocas obras tienden a analizar de manera satisfactoria la dinámica y sus problemáticas sin las presiones de –valga la redundancia- representar dicha representación; por poner un ejemplo y quizás siendo el más notorio de nuestro país, sería el repasar a una de las películas más taquilleras de México, aquella que inició una revolución de la pasada década respecto a entregar cine nacional: Nosotros los nobles (2013) de Gaz Alazraki. En ella vemos como principal tema la disolvencia entre dos clases: la acomodada y la clase media trabajadora, pero en el discurso de Alazraki y el dúo de Adrián Zúrita Patricio Saiz se terminan obedeciendo las complacencias de no incomodar ni de hacer reflexionar a la audiencia, porque aquí los ricos aprenden mucho del entorno mediero que representa a los espectadores habituales y por ende, aprendieron una valiosa lección y con ello piensan cambiar al mundo con sus habilidades sin sufrir una pérdida mayoritaria, porque el rico tal y como lo dijera otro clásico de Inés Rodena… “los ricos también lloran”.

Si no va por eso, va por otro terreno insulso: el mediero o el de clase baja lucha para terminar en una posición de éxito alejado de su prisión económica y así, volverse un ejemplo de vida para aquellos que lo miran desde abajo, muy cuando en el fondo termina volviéndose una especie de mono domesticado para aquellos que le ven con extrañeza al tratar de asimilarse en una posición con la que no nació como lo es el caso de Mi bella dama (1964) de George Cukor. Ambos casos son más ficticios que ver hadas en los campos, y por lo general estos atienden a una respuesta muy frecuente respectos a los objetivos del cine: después de todo quién les puede cuestionar si al final de todo el espectador va a contentarse… bueno, para estas nociones es que Parásitos llega a las salas de cine.

La más reciente película de Bong Joon-Ho lleva una carga de premios que también determinan que un sector de la audiencia tenga altas expectativas –Este texto fue publicado originalmente durante el estreno del filme, y pues ahora las cosas respecto a la avalancha de premios ya cuenta con la sorprendente cantidad de dos hombres desnudos dorados con el título de mejor película y mejor película extranjera- y no son gratis estas nociones: Parásitos ha arrasado en ceremonias de premios y además, se ha vuelto un éxito de taquilla inusitado en países en donde las películas extranjeras se ven con deteste porque tienen subtítulos.

Tan sólo en su primer fin de semana de estreno en nuestro México, Parásitos presenta una anomalía dentro de la taquilla que responde a las necesidades de relevancia de Disney y sus mediocres Star Wars Episodio IX: El ascenso de Skywalker (2019) Frozen 2 (2019), ya que las salas que poseen la película se encuentran llenas; esto además de dar gusto, es un referente cultural que espero se siga repitiendo no solamente con las películas que obtienen un peso legendario bajo concepciones de premios, y eso que no hemos hablado del filme en sí.

Parásitos es una especie de milagro conceptual, porque su director apunta a estas problemáticas clasistas sin llegar a posicionar extremismos de bien y el mal; en otras manos su director entregaría una aproximación a la familia de bajos recursos con el cliché de la nobleza, pero Parásitos nos muestra a una familia que en medio de las carencias ha tenido que sobrevivir de manera creativa y con ello dejando de lado la existencia de otras personas con otros intereses. Para ellos los demás son competencia dentro de una oportunidad de subsistir y proveer a su familia -lo más importante dentro de su encapsulado mundo- no del éxito ni de oportunidades de crecimiento espiritual y social, esto es de subsistencia…. después de todo es lo único que han estado haciendo desde el inicio, y quién sabe por cuántos años dicha dinámica se haya repetido.

Joon-Ho los muestra sin tapujo en estos actos crueles, pero estos son respuesta natural a un mundo cruel y económicamente imposible para todos los jugadores de nuestro mundo: son reacciones quizás en extremo para nuestros ojos que se perfilan en una comodidad, pero es un día a día para aquellos desafortunados. Es tal su capacidad de crear entorno e historias, que pocas veces cuestionamos sus acciones sino lo contrario: somos partícipes de sus aberraciones con una sonrisa en el rostro, de manera más cruel el evidenciando nuestra amplia desconexión contra los que se están aprovechando, y en donde también usa sus habilidades porque de nuevo, otro realizador concebiría a los millonarios como seres repugnantes, pero aquí la familia no es que podamos definir como detestables. El núcleo familiar de los Park contrasta mucho con los Kim, porque si estos han generado una dependencia laboral económica, los Park se encuentran desconectados, no precisamente por ser malas personas ni por enfatizar su posición de manera incandescente. Bajo esta noción Joon-Ho los muestra despreocupados ya que al no analizar su entorno, son tan presa fácil de los actos de los Kim.

Parásitos va encaminándose a ser un filme de comedia que casi podemos percibir como los que mil veces hemos visto, y hay ciertas subtramas que nos engañan, como la relación de un niño fantástico en las artes y un romance… es cuando menos te das cuenta, que te agarra desprevenido y da un giro que está muy acorde a la exploración de sus temas, jamás fuera de lugar, y con ello otra diabólica interpretación de clases que llega a un punto de ebullición que denota una tristeza, gracia, y emoción como pocos filmes han logrado realizar en nuestros tiempos.

Al final todo es parte de una codependencia que Parásitos implora a sus audiencias en reflexionar: si de verdad estamos en capacidad de ascender meteóricamente frente a nuestros ínfimos logros y deseos, y si estos tienen cabida en una sociedad que nos devora.