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CRÍTICA: MINARI
2
Abr

CRÍTICA: MINARI

Una película sobre el conflicto de personas ajenas a un país que con honestidad intentan prevalecer ante lo imposible y mantenerse unidos sin renegar de su cultura, básicamente el sueño americano enfatizado. Consiguió 6 nominaciones al Oscar.

Por: Deusdedit Diez de Sollano Valderrama

Dirige: Lee Isaac Chung

Elenco: Steven Yeun, Han Ye-ri, Alan Kim, Noel Kate Cho, Youn Yuh-ju, Will Patton

País: Estados Unidos

Año: 2020

Duración: 115 minutos

En la edición de este año de Los Globos de Oro, en medio de una multitud de controversias que revelan el banal interés por conseguir glamour de quienes están detrás del evento, se dio un descarado abanderado de progreso -notorio y confuso- con lo que le hicieron a Minari, que quedó posicionada dentro de la categoría de Mejor película extranjera… cuando en realidad se trata de una película producida en Estados Unidos.

Mucho peor sería la respuesta de parte de la Asociación de Prensa Extranjera de Hollywood, que declaró que para ellos “si una película tiene el 70%  de un idioma que no sea inglés, por ende se trata de un filme extranjero”, lo cual parece confirmar que empodera más el idioma y el fácil entendimiento de los seleccionadores que del contenido en sí. Las quejas no se hicieron esperar y la más detonante fue la que hizo Lulu Wang, directora de la grandiosa La despedida, del año pasado y que por tener las mismas características -un filme estadounidense con un idioma que no se trata del inglés- terminó en la misma posición; Wang declararía “no he visto una película más americana que Minari  este año. Es la historia de una familia inmigrante EN América, buscando el sueño americano”. No se equivoca.

Minari es una historia nada alejada de estas que solemos escuchar del país y con protagonistas que intentan acercarse al cada vez más ficticio sueño americano. Es una historia que se ha repetido conforme nuevas identidades culturales buscan vivir dentro de la tierra de las oportunidades, pero Lee Isaac Chung no parte de una representación forma pesimista ni tampoco propagandística como las de esos comerciales de ganaderos que se han vuelto un cliché… más bien parte de una rareza, porque es cierto que ve con nostalgia esa historia que parte de sus experiencias personales, pero logra hacerlo de una forma que no se siente abaratada dentro de esta gastada concepción y parte de una forma natural, como tratando de decir que esta llegada es imposible de renegar para la gente del país y por ende, que las luchas dentro de los miembros que llegan a establecerse, parten mucho de una melancolía sempiterna.

La melancolía mueve a Minari, a la familia Yi. Jacob (Steven Yeun) es un hombre que cansado de trabajar por 10 años separando pollitos por sexo al lado de su esposa, quiere darse una oportunidad de lograr lo que parece imposible, obtener un rancho enorme que piensa cosechar con frutos de su tierra natal, por lo que Jacob está tan ensimismado con este sueño que ha dejado atrás a su familia y para evitar pensar menos en el tiempo perdido que tanto le duele por sentirse fracasado. Monica (Han Ye ri) es la esposa que rechaza inmediatamente la propuesta por el conformismo de su anterior etapa y también en relación a una mujer que ha abandonado su cultura por un país que no parece aceptarles tan fácil, y cuya dependencia a un bienestar religioso es algo que quiere inculcar a sus hijos. Y los dos niños David (Alan Kim) y Anne (Noel Kate Cho) sufren en un silencio que los padres no pueden percibir en medio de las constantes peleas, son los únicos eslabones que dependen uno del otro en un mundo que de inmediato los contrasta como foráneos.

El elemento irruptor de esta sensación, yace en Soon-ja (Youn Yuh-jung), la abuela que abandona su tierra para visitar a la familia y encargarse de los niños, una abuela poco convencional que insulta y que se adapta al cambio cultural cuando le conviene –como cuando ve la lucha libre- o disfruta de la comida que no es necesariamente la de su país. Soon-ja de inmediato conecta con David porque entiende que este es el más alejado, y forma parte de esta comunión familiar de forma muy escondida, encontrando conexión con el niño a través del minari, la plantita que emula a los Yi: resistente, capaz de florecer en los espacios menos pensados, subvaluada como basura.

Minari es un filme no precisamente innovador en su historia, pero tiene unas sutilezas narrativas que ayudan mucho dentro del discurso de Chung y todos los involucrados, logrando explorar una variedad de temas con una sutileza expresa en pequeños actos de los protagonistas que sirven para poner analizar los entornos religiosos, de consumo, y patriarcales que forman el día a día de la familia Yi. Las sutilezas también nos permiten ver las grandes actuaciones de todo el conjunto, y particularmente por la elección de mostrar el universo creado por el lenguaje que expresan los Yi: un coreano que depende de los miembros, asoma una seña de inglés inevitable, entre otros que parecen entender a la perfección este, y otros que no son participativos de esta comunicación.

Es también… muy graciosa. Minari no busca la carcajada fácil y no obstante, se la concedes con diversas situaciones que resultan bastante enternecedoras, y a la vez, nos entregamos a su drama porque en ambas modalidades, su mayor fortaleza es dejarnos pensar en que la vida de los Yi no es tan lejana como de muchos otros, en nuestros padres y mayores que ante un mundo que buscaba avanzar de manera desenfrenada como para darles espacio e identidad, quisieron labrarnos una naturalidad.

Es una bella sorpresa que vale la pena experimentar.