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CRÍTICA: JUDAS Y EL MESÍAS NEGRO
31
Mar

CRÍTICA: JUDAS Y EL MESÍAS NEGRO

Shaka King entrega una película que plantea una introducción a los postulados de los Panteras Negras y la tragedia dentro de Estados Unidos en volverlos enemigos públicos, y que consiguió 6 nominaciones al Oscar.

Por: Deusdedit Diez de Sollano Valderrama

Título original: Judas and The Black Messiah

Director: Shaka King

Elenco: Daniel Kaluuya, Lakeith Stanfield

País: Estados Unidos

Año: 2021

Duración: 126 minutos

La historia del movimiento de las Panteras Negras dentro de Estados Unidos es uno de matices extremadamente complejos que no han pasado al conocimiento popular de manera tan fácil, siendo un movimiento altamente vilificado dentro del país como parte de una estrategia de debilitación que a decir verdad, funcionó.

Las Panteras Negras a ojo popular quedó como un movimiento extremista y de levantamientos armados, salvaje y autodestructivo, sin siquiera dar espacio a considerar los beneficios que este hacía a sus comunidades y de las luchas por evitar la represión en cualquiera de sus formas e individuos. Nuevas generaciones han estado cosechando una nueva acepción frente al movimiento de una forma más crítica… también en parte porque sucesos recientes como los asesinatos de George Floyd o Breonna Taylor a mano de la policía –y, considerando que esto tiene una problemática universal que no es secreto a voces como lo podemos constatar con el asesinato de Victoria Salazar en nuestro país- revelan una percepción fatalista y pesimista de que no podemos huir de las problemáticas del siglo pasado y sus atrocidades raciales. Es por ello que películas como Judas y el Mesías Negro tienen un impacto más profundo e inevitable.

La nueva película de Shaka King, que co-escribe al lado de Will Benson y los hermanos LucasKeith y Kenny-, nos cuenta la vida de Fred Hampton (Daniel Kaluuya) con una pretensión atractiva, porque busca ir en paralelo sobre sus días finales con la historia de William O’ Neil (Lakeith Stanfield). Esto conforme va pasando el filme va dejando de aspirar a revelar una amistad entre los dos hombres y ciertamente el que termina un tanto despojado de interés termina siendo William O’ Neil frente al peso casi dogmático de Hampton, pero estas cosas son hasta en cierta medida necesarias y más honestas, porque cualquier otro director hubiese buscado enfatizar el drama de estos dos sin naturalidad, y en el caso de Judas y el Mesías Negro, se da oportunidad de encontrar reflexiones entre estos dos hombres afroamericanos y las problemáticas que cada uno lidia respecto a su identidad de color y los movimientos sociales. Ésta es una película cuyo máximo logro se encuentra en sus protagonistas y los actores que les interpretan.

Hampton, a través de Daniel Kaaluya, adquiere un aura expresa en el título del filme: la de un mesías inequívoco, un retador del sistema que se preocupa por su gente y un hombre que voz fuerte que poco a poco se nos va revelando como un hombre frágil consumado por las presiones de un movimiento acorralado como animales; es interesante pensar que este comienza el filme abogando por un actuar más repugnante al homenaje de personas fallecidas, para en sus últimos momentos estar con otras percepciones frente a su próxima labor paternal y, con la pérdida de aquellos que siempre trazó como campeones de su cruzada y amigos.

La tragedia expresa en la injusticia de Fred Hampton es algo que también acompaña a O’ Neil, interpretado por Lakeith Stanfield, quien tiene un parecido inmenso al O’Neil de esa época, un hombre que si bien actúa por su propio pellejo de una forma egoísta, sirve también para reflejar las injusticias por las que Las Panteras Negras luchan: un hombre afroamericano ahogado en el fango de ambiente y posibilidades, que recurre a la traición de aquellos que lo toman como miembro especializado y que quiere despojarse de las condiciones de su color frente a un grupo de hombres blancos que lo ven como una mera pieza de ajedrez. Esto tiene unas implicaciones más iracundas para las audiencias cuando reflexionamos de que tanto Fred como William y muchos otros miembros de la comunidad eran apenas unos niños que frente a la realidad de su color fueron asesinados por parte de su gobierno a favor de una realidad americana que sólo unos cuantos poseen.

El camino de Judas y el Mesías Negro es violento, pero este lejos de estar estilizado como habitualmente vemos en el cine, posee una realidad y crudeza decadente. Al mismo tiempo, también logra algo muy complejo, porque si bien muestra a los miembros de los Panteras Negras ser unos héroes locales al defender sus principios y de ponerle un alto a la represión policiaca y racial a la que se enfrentan, también les otorga una dimensión dentro de esta misma violencia que los termina fulminando: son presas de una identidad con consecuencias, y el filme también no deja espacio a una interpretación simplista de esto. También al desposarle de un encanto o emoción hace que a pesar de que sepamos la historia de antemano estemos inmersos en el misterio de sus protagonistas y la red de engaños que se van desenmarañando ante nuestros ojos.

Judas y el Mesías Negro es una de las mejores películas que se encuentran nominadas en este año y es de inmediato una gran opositora temática a películas sacarinas como El juicio de los 7 de Chicaco, que también puede prestarse como una curiosa doble función, ya que en la película de Sorkin estos elementos y sus participantes quedan simplificados y en función de un simple cameo, mientras que en la película de Shaka King, estos terminan más profundizados, llevados en un ritmo agresivo y de una denuncia mucho más efectiva.