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CRÍTICA: EL IRLANDÉS
27
Nov

CRÍTICA: EL IRLANDÉS

Scorsese por fin dirige su épica de la mafia que tanto tiempo le costó, al hacerlo existe una reflexión y ritmo diferentes a los de sus hermanas anteriores. Aquí se trata de ver el pasado, sus demonios y sus consecuencias de manera letárgica.

Por: Deusdedit Diez de Sollano Valderrama

Título original: The Irishman

Dirige: Martin Scorsese

Elenco: Robert De Niro, Al Pacino, Joe Pesci, Ray Romano

País: Estados Unidos

Año: 2019

Duración: 209 minutos

Martin Scorsese, se ha vuelto un nombre de comidilla para los sitios especializados de cine su nuevo “legado”, no el de sus filmes y su importancia, sino por sus palabras que valientemente exclamó al estar en desacuerdo con la estructura moderna de Hollywood, específicamente con el cine de superhéroes, el cine que parece ser el único que le importa a la industria.

La triste realidad es que El Irlandés (The Irishman) es la suficiente prueba de sus palabras, filmada por fin en esta década luego de años y años de estar en la lista de propuestas de Scorsese, con un elenco impecable que lo reúne con sus amigos del pasado y filmada de manera ambiciosa y con la innovación tecnológica que la vuelve su cinta más cara, un proyecto que a ningún estudio le interesaba y que encontró resguardo en la plataforma de streaming más famosa del momento –y que es el enemigo número uno de las viejas formas de proyección-, y relegada a proyecciones difíciles de acceder, con el temor de que dure siquiera una semana frente al inevitable estreno de la secuela de Frozen, que arrasó con las salas de cine de todas partes, modus operandi normativo del verdadero problema de la industria: un estudio que poco a poco devora la competencia y con ello las propuestas fuera de su catálogo de entretenimiento para toda la familia. Y esto queda como anillo al dedo, porque Scorsese no deja de mirar al pasado a través de sus figuras siniestras, productos de una forma de hacer las cosas del pasado y que enfrentan la inevitabilidad del olvido.

El irlandés trata sobre Frank Sheeran (Robert De Niro), un hombre que desde que llega de la guerra comienza a sacar ventaja de las situaciones en las que se encuentra, lo cual lo terminan asociando al crimen organizado de Penssylvania y especialmente a la figura de Russell Bufalino (Joe Pesci), el cual adquiere un aprecio único frente a Frank, el cual se vuelve su protegido y quien comienza a escalar posiciones de poder. Steve Zaillian logra crear una épica del crimen muy opuesta a otras obras que podemos pensar que tienen el mismo título como la saga de El padrino de Coppola o aquella vez en la que Sergio Leone hablaba de un vago subiendo de poder en Érase una vez en América, curiosamente protagonizadas –recordemos que fue el patriarca de los Corleone en la segunda entrega- por un muy joven De Niro.

Aquí el mundo no es glamoroso o tiene un atisbo de honor, aquí el crimen organizado es inequívocamente una lucha de poder incorrecta y esta es una de las pocas ocasiones en donde los gángsters de Scorsese no se muestran empáticos a la audiencia, situación que suele pasar en sus historias de ascenso y caída y que hacen que el mensaje de putridez institucional pase desapercibido.

Quizás sea mejor percibido entre todas las cosas, con el personaje de Peggy Sheeran, interpretada por Lucy Gallina de niña y por Anna Paquin en la etapa adulta. En una escena muy similar a la de Henry Hill (Ray Liotta) de Buenos Muchachos, la niña acude con su padre a resolver un asunto personal que desemboca en violencia, pero lejos de que ella actúe como la esposa de Hill, Peggy de inmediato siente una aberración a la forma de trabajar de su padre, al cual siempre ve con mirada desconcertante respecto a sus labores.

Ella vive en un entorno en donde el diablo está presente en su casa, y este les ofrece comodidades con sus amigos a cambio de una empatía que nunca ofrece… es ella la que ve en Jimmy Hoffa (Al Pacino) una figura como la que muchos norteamericanos veían: la figura de un hombre honesto y que peleaba por los valores y dignidad de los trabajadores sin nombre, una figura paternal que su padre es incapaz de ser, muy a pesar de que Hoffa se encuentre muy lejos de ser la figura de virtud que la cultura popular idealiza en ese punto, ahogado en negocios turbios y quien es víctima de estos influjos del crimen organizado, una figura por demás patética interpretada con maestría por Al Pacino, quien está muy alejado de sus personajes explosivos y temperamentales.

Y Scorsese filma esto con una paciencia única. Es curioso que siendo su película más cara, ésta tenga como principal forma la de personas discutiendo temas sin fin, estrategias para acabar al enemigo de vez en cuando cortadas por escenas de violencia sin valor estilizado, auténticos golpes de violencia repentinas y tensas que revelan mucho de la fragilidad que todos poseemos, y esto va también para sus protagonistas.

De Niro, Pacino y Pesci fueron figuras de valor incalculable en la historia del cine, verlos reunidos en una película es emocional, pero es innegable que el paso del tiempo se percibe en ellos, quienes a pesar de tener rostros rejuvenecidos en un principio distractores pero conforme avanza el filme adquieren una naturalidad que sus cuerpos jamás poseen. Es claro el avance del tiempo en los tres actores, quienes ya caminan con dificultad y poseen abdómenes protuberantes. Al no ocultar estos elementos, es cuando más pega la reflexión del paso del tiempo, sobre todo en la última media hora de una película de casi cuatro horas de duración, la cual sirve de epílogo fatalista.

Va con ese tono la mayor parte del tiempo, y eso es algo que he estado reflexionando durante estos días, porque me parece admirable que Scorsese en este punto decida hacer un filme de un género que le es habitual pero que desafía toda convicción que tenemos de él y sus predilecciones.