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CRÍTICA: 1917
20
Ene

CRÍTICA: 1917

1917 es un espectáculo de lo técnico y lo visual que sopesa un filme sin mucha propuesta.

Por: Deusdedit Diez de Sollano Valderrama

Dirige: Sam Mendes

Elenco: George MacKay, Dean-Charles Chapman, Claire Duburcq, Benedict Cumberbatch

País: Reino Unido

Año: 2019

Duración: 119 minutos

El efecto del plano secuencia es quizás el recurso fílmico más rebuscado, en mayor parte por el impacto que este deja en la audiencia, ya que es más fácil de percibir que otros elementos dentro de la puesta en escena… la cámara prosigue y prosigue y por lo tanto el momento debe de ser especial y complejo de desarrollar. Estos efectos también terminan por justificar las intenciones de los realizadores en enfocar semejantes recursos y esfuerzos por dicho plano secuencia. A lo largo de la historia del cine hay grandes planos secuencias y también hay varias películas que intentan expandir el truco a más que una sola escena, siendo proezas como la de Arca Rusa (Alexander Sokurov, 2002) que de verdad está filmada bajo ningún corte, o en el caso de 1917, películas que intentan aproximarse a este panteón de leyendas fílmicas.

1917 se trata de una película en extremo personal de parte de su Sam Mendes, quien decidiera abandonar la franquicia del 007 para enfocar esfuerzos en llevar una película que rinde homenaje hacia su abuelo Alfred Mendes, célebre autor y en cierta forma víctima del primer conflicto bélico a gran escala del siglo pasado. Es a través de sus anécdotas que Mendes al lado de Krysty Wilson-Caims concibe una historia sencilla: dos mensajeros tienen que llegar de inmediato a un escuadrón para advertirles de una posible trampa del enemigo, para hacerlo tendrán que atravesar la tierra de nadie y una sarta de trampas en su camino.

Es en el camino que Mendes parece querer decirnos sobre los horrores de la guerra, a la que muestra de manera descarnada y que evidencia un padecimiento del horror sobre los participantes y en los ambientes presentes: la naturaleza invade los cuarteles abandonados, los cadáveres no tienen nombre ni pena ajena, y el ser humano atraviesa estos espacios sin darse mucho tiempo para interpretar los signos de putridez social porque la importancia radica en una misión que evitaría la carnicería sin control de más personas..

Aquí este sentimiento que quiere impregnar Mendes se apoya demasiado en los aspectos técnicos de 1917 y el filme no falla. Sus habituales ya conocen a su director y poseen una dinámica estrecha que les permite libertad a la hora de expresarse: Roger Deakins presenta momentos audaces con el truco del plano secuencia y a pesar de encontrarse en terrenos apocalípticos, no deja de registrarlos con una belleza inusual que no hacen otra cosa más que la de enfatizar la soledad de nuestro protagonista… el que se encuentra muy dispar es Thomas Newman, quien entrega un score que por ser muy delator, lejos de enfatizar las sensaciones de los demás elementos termina volviéndolos más caricatura; hay en específico una secuencia –porque sí, 1917 no es un plano secuencia total- en donde este infierno nocturno es perceptible sólo a través de una lánguida fuente de luz en el cielo, y el momento es tenso y hórrido, pero el score de Newman enfatiza un sentimiento de esperanza y nobleza.

Desgraciadamente, 1917 en sus intenciones y forma de expresión, termina por hacer que el espectador comience a cuestionar el uso del plano secuencia, en otras palabras uno empieza a buscar en dónde el mago guarda su conejo del sombrero, y es aquí en donde este comienza a percibir la carencia emocional de sus protagonistas y su díalogo, a los cuales les estorba el recurso del plano secuencia, que los limita en realidades expresas que terminan siendo inverosímiles y de la cual no tiene el suficiente compromiso de seguir simulando porque termina cortando en varias ocasiones.

1917 es un filme que vale la pena presenciar en el recinto adecuado de una sala de cine, si bien es innegable de que deja a uno pensando en la extravagancia de su forma, el contenido es tan reducido que no permite mucho análisis y quizás de manera más inapropiada –que probablemente no era la intención de su director- termina volviendo a la guerra como un espacio de recreación, de héroes axiomáticos masculinos, sin matices dentro de los voluntarios del conflicto el cual se vuelve una personificación caricaturizada de lo que significaba agarrar un rifle y decidir enfrentar a otro desconocido de la misma edad y que temblaba de pánico por los constantes bombardeos literales y mentales de su psique. 1917 parece decirnos que el horror estaba ahí, pero no le interesa mucho porque se ve impecable.