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UN VERANO CON INGMAR BERGMAN

A cien años de su nacimiento, el GIFF revalora el legado del cineasta sueco proyectando cuatro de sus películas consagradas.

El séptimo arte encuentra en este 2018 un motivo de celebración al cumplirse el primer centenario del nacimiento de Ingmar Bergman. Además, durante los días en que se lleva a cabo la edición XXI del Festival Internacional de Cine Guanajuato, se cumplen 11 años de su muerte. Se trata de un día profundamente significativo en la historia de la cinematografía, ya que aquel 30 de julio de 2007 no sólo se despidió el máximo representante del cine sueco, sino también se fue —apenas unas horas antes— el icónico cineasta italiano Michelangelo Antonioni. Celebrar el legado de Ingmar Bergman es una oportunidad para perpetuar su visión poética y la invaluable aportación que hizo al arte de la condición humana, aun sabiendo que abreviar 57 años de producción fílmica será siempre una tarea injusta. Nacido en Uppsala, Suecia, en 1918, desde pequeño demostró un interés particular por la imagen en movimiento. A los nueve años ya había intercambiado su colección de soldados de plomo por una linterna mágica —un objeto que, según su biografía, cambió por completo el curso de su vida. Con apenas 26 años debutó como guionista. En 1955, a los 37 años, ya había dirigido su primer éxito taquillero, Sonrisas de una noche de verano. Desde entonces Bergman filmó un largometraje (en ocasiones dos) todos los años restantes de su vida hasta su retiro en 2003 con Saraband; tenía 85 años y más de 60 largometrajes, bajó el brazo. Lo que comenzó como un cine en contra del orden establecido (Tormentos, 1944), de liberación sexual (Un verano con Monika, 1953) y de lucha de clases (Aserrín y Oropel 1953), LEGADO HECHO PERSONA lentamente se fue transformando en un cine de visiones (El Séptimo Sello, 1957), epifanías e introspección (Fresas Salvajes, 1957), para virar después hacia los problemas de la fe (Detrás de un vidrio oscuro, 1961) y terminar perfeccionando un complejo paralelismo psicológico con su obra maestra Persona (1966). Su vida estuvo llena de contradicciones. Osciló, por ejemplo, desde una simpatía temprana por el nazismo hasta una postura madura como socialdemócrata. Lo mismo con su fijación pueril por la iconografía eclesiástica, que después desembocaría en la decepción religiosa incluida en algunas de sus películas. Tampoco fueron insignificantes las relaciones predadoras que mantuvo con muchas de las actrices que trabajaron junto a él, elemento vital que habría que reconsiderar a la luz de movimientos contemporáneos como #MeToo, que buscan reivindicar la condición laboral de la mujer en la industria del cine. Estas polaridades determinaron el cauce de su vida y fue capaz de proyectarlas en el dilema humano siempre presente en su obra. Dejó grandes películas y, quizá de forma involuntaria, cuestionamientos profundos sobre el deber ser y el papel de los cineastas en el mundo actual. Separando la vida del arte, y resaltado su inigualable talento narrativo, esta retrospectiva de Ingmar Bergman en colaboración con la Cineteca Rosalío Solano de Querétaro, revisita cuatro de sus películas consagradas: El Séptimo Sello, Fanny y Alexander, Fresas salvajes y Un Verano con Monika. Se trata de una oportunidad única para revalorar la mirada del genio escandinavo y asombrarnos frente el primer siglo de su legado.