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OJOS DE AGONÍA: LA PASIÓN DE JUANA DE ARCO (1928)
24
Abr

OJOS DE AGONÍA: LA PASIÓN DE JUANA DE ARCO (1928)

Carl Theodor Dreyer experimento con las formas de hacer cine y terminaría influyendo más de lo que uno pensaría con la película que captura el rostro más triste del medio en una hora y media.

Es curioso pensar que una de las películas más influentes de nuestros tiempos sería por encargo y aprovechando la conmoción del momento, porque Carl Theodor Dreyer estaría involucrado con un proyecto sobre Juana de Arco aprovechando el resurgimiento de popularidad del personaje histórico en la sociedad tras los hechos de la primera guerra mundial, que además se prestaba como anillo al dedo de ser un producto más fácil de desarrollar para las audiencias a diferencia de las otras figuras históricas y Dreyer no era un director cualquiera.

Meticuloso en el desarrollo del guión, sus ambiciones a la hora de investigar son equiparables a las de conocidos como Kubrick o Einstein, y por varios meses se dispuso a investigar del personaje que iba a retratar… ahí fue que quedó prendido de la historia de Juana de Arco como nadie más, él veía en la historia algo que los demás no, y se encontró en el dilema previo a filmar, porque se trataba de una figura elogiada por el país, cualquier paso en falso por parte de un director extranjero y su carrera se acabaría, pero eso no le dejaba pensar en los alcances del drama de la pobre niña que sufrió un juicio desolador, que le condenó a la muerte.

De sólo pensar en su rostro Dreyer temblaba: nadie debía tener el peso del mundo a esa edad.

Dreyer al parecer nunca expresó sus intenciones con todo el equipo de producción ni con la gente que daba el dinero, porque la idea era la de hacer una película de época revolucionaria y de competencia con las épicas ofrecidas por D. W. Griffith o Cecil. B. Demille. El equipo incluía al dúo de los Hugo formado por Valentine y Jean – este último tataranieto de Víctor Hugo– en el departamento de vestuario y arte y a Hermann Warm, el monstruo alemán detrás de los sets expresionistas de las películas de El gabinete del Doctor Caligari (Robert Wiene, 1920), La muerte cansada (Fritz Lang, 1921) y El castillo encantado (F.W Murnau, 1921), parece ser que con el único que habló de sus intenciones sería con su ojo en el proyecto: con Rudolph Maté quien escuchó la idea más loca de todas.

Que esta película no sería sobre el escenario y la puesta en escena, sino en el sentimiento de Juana. La pregunta es ¿Cómo capturas esto?

La pasión de Juana de Arco es una película de premisa simple: estamos presenciando los últimos momentos de vida del personaje y desde un inicio se nos establecen dos cosas: que el caso está extremadamente bien documentado para su época… y de que Juana de Arco va a morir, porque sus enjuiciadores lo que buscan es que termine en la hoguera.

Hay un cuidado perfeccionista en la ropa y el uso de un castillo construido específicamente para el set le otorga una plusvalía a la fidelidad que Dreyer busca en segundo plano… porque aquí lo importante es ese rostro.

Ese rostro que tú has visto en alguna otra parte: el rostro de Renée Jeanne Falconetti.

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Ese rostro, es uno de las apuestas más espectaculares en la historia del cine, porque Dreyer apuesta el peso de la película en ese elemento que ahora llamamos clase up; la mayoría del tiempo lo que vemos es la reacción de Falconetti por parte de sus acusadores a los que solemos entender por los intertítulos y si no pasa, sus ojos, sus lágrimas y su desconcierto que acaparan la pantalla entera. Ayuda en gran medida de que Falconetti padeciera de problemas mentales –algo que no siempre se menciona- porque le da el correcto entendimiento de Juana de Arco, una mujer que muy a pesar de padecer elementos que ahora podemos categorizar como manías, sigue en pie con la labor que Dios y los santos le han encomendado.

Y en ese punto su pelea por justicia se vuelve noble, algo que todo el gremio jurídico percibe e intenta hacerle entra en razón… obviamente para envalentonar más el poderío inglés, quienes también tienen registros de clase up con la cámara, pero a diferencia de Falconetti, estos quedan vilificados e impuros, deseosos de ver caer a la heroína y de pensamientos impúdicos.

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Dreyer se apoyó el interés de captar los gestos de sus actores y casi nada más, porque para él eso era la validez de mostrar la pasión de Juana de Arco, y no sólo fue su único truco bajo la manga, porque la película hace constantes e inéditos paneos, zooms y me atrevería a decir, un mejor planteamiento del método de montaje que los rusos idealizaron, porque las intenciones de Dreyer no son fáciles de deducir, y denotan un interés de generar un espacio geográfico entendible y vigilado entre la batalla de lo correcto y lo divino, ya que Juana se enfrenta a sus captores, les voltea a ver y estos a su vez demuestran su repudio, le escupen, y de pronto aparecen a su lado o se muestran alejados, casi en la entrada del salón, por lo que Dreyer también crea el plano para generar atmósferas independiente de los personajes principales y también lejos de serle una obligación. Esto en conjunto crea un sentimentalismo fílmico que jamás se interpreta como nacionalismo.

Y así, La Pasión de Juana de Arco se presenta como una película que cuestiona las decisiones de la iglesia frente a una figura que termina asociando con la de Cristo –de ahí el título- que vino a sufrir ante la incredulidad de aquellos que le ven como un enemigo, irónicamente posicionándola en un estado de beatificación minutos después de su fatídico encuentro en una plaza pública, atrayendo la ira del pueblo que acaba de presenciar la despedida de una mujer noble. Además, nos habla de la valentía de Juana, quien se enfrenta al status quo desde que decide vestir como hombre -y el cual fue el crimen que le provocó la sentencia en primer lugar- por parte de hombres, los cuales terminan destinándola a una vida encerrada, cosa que le da un segundo despertar y decide vivir su agonía: entregarse a su destino.

Destino que le sella con la pérdida de su pelo y la decencia que alguna vez presentó de manera virginal.

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Dreyer no tuvo la suerte que esperaba. Él menciona que la primera versión de la película era perfección, que desgraciadamente nunca vamos a poder ver porque se incendió y tuvo que recurrir al uso de material desechado para hacer la película, lo cual deja a todo mundo con la boca abierta porque eso significa que lo que vemos, lo que definimos como una obra maestra… es material de segunda mano.

A pesar del primer tropiezo, pudo estrenar la película, y sus asociados franceses estaban furiosos: esta no era la épica que prometió, esta era una película inútil que usaba puros rostros y NADA de la producción que construyeron de manera fidedigna; y mientras que Dreyer recibía un ultimátum para filmar otro proyecto en las tierras francesas, lo que los demás vieron fue el nacimiento de contar cine con otros recursos, incitando a la exploración con la cámara en relación con la puesta en escena.

La pasión de Juana de Arco es una película imponente, y eso asusta a cualquiera que la tenga que ver por obligación, pero es una obra preciosa, y una de mis favoritas en el terreno del cine mudo… porque no hay otra igual. Adoro las técnicas de Lang, Chaplin y Rupert Julian, pero nadie más planteo al rostro humano como lo único que necesitaba en su película y nada más que eso. Es una valentía que abrió muchos caminos, y que sólo pongo de ejemplo a la película favorita de cualquiera, e imaginarla sin ese clase up que nos conecta con nuestro personaje favorito, revelando sus expresiones e historial sentimental. Es una sobrecarga de emociones muy simple, pero atrevida, y que pasa muy rápido y que te deja abatido, y curioso de pensar en cómo hemos intentado superar esa magistral actuación que vende toda la obra.

Dreyer lo hizo, la gente lo tachó de imbécil, y años después sería consagrado como un absoluto maestro, porque fue el primero en idear al cine como una puerta de sensaciones tan naturales, como el ver a una mujer llorando sin nadie que le pueda ayudar.