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KURONEKO (1968)
28
Feb

KURONEKO (1968)

Kaneto Shindo sólo dedicó 2 películas en el género del horror dentro de su imponente filmografía, lo cual es una lástima, porque Kuroneko es otra muestra de capacidad dentro del género que por desgracia nunca tuvo otra oportunidad.

Kaneto Shindo tuvo una filmografía que se da a respetar, sobre todo si consideramos que a los 98 años el japonés seguía dirigiendo películas, este hombre no conocía la palabra “jubilación”.

Su atención como director estaba más centrada en hacer películas de corte dramático, tiene incluso una saga en la que se enfoca en sus propias vivencias; cuando decidía mirar hacia otras personas, este contenido lo hacía buscar biopics de artistas o sucesos históricos y extrañamente sólo tuvo 2 acercamientos al género del horror.

El extrañamiento por sus dos acercamientos es porque a pesar de ser un maestro en el ámbito, fueron muy pocas las veces que intentó acercarse al género.

La primera vez que lo hizo, fue con la genial Onibaba (1964), película que inevitablemente le debe la existencia a Kuroneko, porque Shindo decidió hacer una especie de doble función con casi la misma premisa y trasladadas en el Japón feudal. Lo cual siempre ha vuelto a Kuroneko como la intromisión dentro de su obra, más este pecado ya debería cambiar a 50 años de existir.

En medio del periodo Heian, una guerra civil sucede de la que no conocemos bandos ni conflictos, pero lo que sí podemos atestiguar como civiles observando una película, es el inevitable horror que cometen un grupo de samuráis, quienes cansados de pelear llegan a una pequeña casa habitadas por dos mujeres, y además de acabar con sus alimentos, terminan cediendo a sus impulsos casi animales por lo que las dos féminas terminan siendo brutalmente violadas por el grupo de valientes.

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De manera tan misteriosa como la que llegaron, los samuráis abandonan la escena del crimen, eliminando rastro de lo acontecido tras quemar el hogar con las mujeres dentro de ella. Cuando el fuego termina de consumir el lugar, lo único que deja de registro es el cadáver de las dos mujeres intangibles por el calor, algo que atrae – ¿O es causa?- de un gato negro quien termina posándose en los cadáveres.

El tiempo pasa, y la guerra es término del pasado, por lo que los samuráis ahora pueden comenzar a vivir como hombres nobles, quienes al llegar a la puerta de Rashomón son seducidos por una joven que les incita acompañarle a su hogar en lo profundo del bosque. La mayoría accede y emprenden una caminata misteriosa por el bosque.

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Al llegar al hogar son bienvenidos por su madre, quienes celebran la llegada del misterioso, lo dejan ponerse ebrio, y por lo tanto este termina tratando de copular con aquella que por cuestiones del deseo emprendió un trayecto ajeno a su destino… solo para terminar con la garganta arrancada con los dientes.

Las dos mujeres llevan el ritual con tanto éxito que esto termina llamándole la atención al gobernador del lugar (quien a su vez también actúa por miedo a su superior que le ve con desdén por perder tanto samuráis de manera misteriosa y en público), el cual manda a un reciente iniciado en el nombre del guerrero para que investigue los sucesos y dé con los asesinos, lo que no espera es que este tenga una relación personal con las mujeres.

Kuroneko es una película esencial dentro del género del horror japonés, una obra maestra de la que no se habla mucho y de la que sólo encuentras información al respecto sobre su relación con los gatos (en este mundo dominado por gatos en internet), lo cual es bastante injusto ya que simplifica una obra con visión pesimista sobre la leyenda y mito de su nación. El guión de Shindo toma los elementos místicos del folklore nacional, específicamente los gatos y su relación con el inframundo, con las almas en pena que tienen una labor de venganza, algo ya de por sí tradicional no sólo en las leyendas de todo el mundo –sobre todo si se trata de una mujer- sino del horror japonés, que se ha vuelto célebre por la imagen de la mujer de tono espectral, caída en el juego del desamor y violenta como nadie más.

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Esto podría llevar a una historia bastante tradicional, pero va más allá, porque Shindo cuestiona TODO. Su película propone que la justificación de la naturaleza no es suficiente como para tener a todos sanos y salvos; es precisamente esta naturaleza/bestialidad la que representa a los samuráis quienes llegan a beber de un pequeño río de manera tan similar como los homínidos de 2001: Odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968) y quienes se han cansado tanto de defender a su nación y probablemente de haber cometido atrocidades, que no piensan dos veces el desahogo de su sexualidad.

En consecuencia hace que las mujeres se vuelvan espíritus chocarreros, pero Shindo no deja en pie la idea de que esta justicia divina sea satisfactoria. Los seres místicos no entienden el concepto de la redención, y en uno de los giros más satisfactorios de la película, el dúo espectral se reencuentra con su ser querido, quien ha decidido volverse un samurái precisamente para escapar del conflicto bélico y volver con su esposa y madre. Y es un cruel destino el hecho de que ellas encuentren al hombre que tanto esperaban, vuelto en el nombre que tanto odian. La justificación de los samuráis entra en el mismo terreno con los dos fantasmas, pues ahora su naturaleza les impide llevar otra vida, esto es lo que conocen: esto es lo que van a terminar haciendo por el resto del tiempo.

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Al final de todo, la mayor víctima es Gintoki, el cual termina aprendiendo también del falso honor generado por los samuráis quienes agrandan sus proezas y también es un sistema del que queda inevitablemente prendido, aún si esto se trata de eliminar a sus seres queridos por los que tuvo que volverse lo que es.

Es una película desgarradora por las acciones de sus personajes, pero tampoco abandona el terreno del estilo, ya que consagra los dos elementos creando una visión espectral y de ensueño muy creativa a pesar de su bajo presupuesto. El diseño de producción de Takashi Marumo centra a esta casa del espanto muy escondida en un bosque de bambú sin fin, en donde los tallos comienzan a inclinarse hasta la llegada del lugar, y en donde el camino no parece tener un orden tradicional, por lo que sí necesitaría uno de la ayuda del espectro para poder salir o llegar. Esto va de la mano de la fotografía de Kiyomi Kuruda, en lo que es su mejor trabajo, sin debate alguno. Gracias a Kuruda y su fino ojo, la llegada del primer espectro es una que punza tensión, porque las tomas son largas, únicas –como esa del espectro saltando sobre su víctima sin que se dé cuenta- y sobre todo, son elegantes, casi al ritmo erótico y de tradición que llevan las mujeres que parecen caminar por un campo de neblina eterna.

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Lo cual termina agrandando más el aspecto romántico y sexual, pero con ello el sentimiento de pérdida es más atroz para el espectador.

Esto influye directamente en el estilo de montaje de Hisao Enoki, el cual si uno ve… se sorprenderá de quizás ver tomas y cortes rápidos similares a los que ya están establecidos como algo básico en el anime.

Kuroneko debería apreciarse más, pero el tiempo le ha dado la misma suerte que la del gato negro que referencia en su título. Su estreno en Cannes fue casi omitido por la cancelación del festival en el año de 1968, para posteriormente llegar a un estreno formal 8 años después a un público el cual aún en estos tiempos desconoce mucho de la obra de Kaneto Shindo. Al final, quizás el propio Shindo no estaba interesado en conceptos sobrenaturales, porque lo que pesa dentro de Kuroneko es su extensa búsqueda de supervivencia por parte de los involucrados y su inevitable drama que también sirvió como posicionamiento crítico ante una época y género que invitaba a la redención del país. Es por ello, que los horrores del director son únicos, entre todos esos bosques y pastizales del Japón.