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EL GRAN LEBOWSKI (1998)
7
Mar

EL GRAN LEBOWSKI (1998)

Hace veinte años, un bueno para nada buscaba justicia respecto a su tapete orinado, poco sabría el mundo que esta búsqueda nos daría una de las mejores películas de toda la maldita historia.

Yo tenía una dieta más rigurosa a la hora de ver cine hace 10 años. Si bien sigo viendo películas la mayor parte del tiempo, cuando volteo al pasado y me veo antes de entrar a universidad, me sorprende pensar que en algún punto llevé un orden estricto de ver y descubrir obras fílmicas sin requerir tanto del internet, que por mi casa aún era algo que estaba en pláticas para obtener.

Y es que antes, mis labores eran inexistentes, mi preparatoria era muy libre, y eso me permitía hacer lo siguiente: ver 3 películas nuevas por día. Una en la mañana, justo antes de ir a la escuela, una por la tarde después de comer (hasta dos si estaba de humor), y la obligada película antes de ir a dormir; claramente no tenía mucha vida social –nunca la he tenido- y mi fascinación estaba en tener libretas de apuntes con directores, calificaciones, actores a seguir y precisamente posibles recomendaciones que me daría a la tarea de buscar… incluso si llegase a faltar a la escuela, que pasó más veces de lo que podrías pensar.

En esos momentos descubrí muchas obras que ahora son de mis favoritas, y siempre tengo a la mente tres experiencias que explotaron en mi cabeza durante esas sesiones: una sobre un grupo de caballeros medievales maníacos que le escupían a la obra Arturiana que tanto devoré en la infancia, la reivindicación de una obra que siempre desdeñé por considerarla una simplona y aburrida película musical sobre la nana que es “prácticamente perfecta en todos los sentidos”, y la historia de El Dude.

Poniendo en una balanza a esta tríada, la película del barbón fue la que más me golpeó. A partir de ese día, me comencé a dejar el pelo largo, la barba, hablaba de “dude” y cada que podía, incitaba a mis amigos y familiares a ver la película.

Me volví un predicador de los hermanos Coen.

El Gran Lebowski empieza con un narrador omnipotente interpretado por Sam Elliot, quien poco a poco nos empieza a relatar la historia de Jeffrey Lebowski (Jeff Bridges), mejor conocido como “El Dude”.

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El Dude es un sujeto que vive sin preocupaciones, a la par de que no tiene trabajo; tiene pensión de desempleo y firma cheques por centavos para comprar leche y poder beber sus rusos blancos en la comodidad de su complejo habitacional, que es invadido por dos sujetos que lo torturan preguntándole por el dinero que les debe.

El Dude lo único que hace es… pues ser El Dude, lo que resulta en que los tipos no saben si es el Lebowski correcto, y terminan orinando su tapete, tapete que es su favorito. El Dude no está contento con lo que pasó y gracias a la ayuda de Walter (John Goodman), -su mejor y maníaco amigo- se da cuenta de que existe OTRO Lebowski en la ciudad, que comparte su nombre pero a diferencia de El Dude, Jeffrey Lebowski (David Huddleston) es un pilar de la comunidad, por su ayuda a los jóvenes necesitados y millonario.

Y la idea de que un vago llegue a reclamar por un tapete orinado no le agrada. El Dude termina saliendo de la mansión de Jeffrey Lebowski con un tapete gratis, no sin antes coquetear con una chica que pinta los dedos de sus pies cercana. Resulta que la vida del vago no puede ser perfecta, porque en medio del torneo de bolos en el que compite con Walter y Donnie (Steve Buscemi), recibe la llamada de Jeffrey Lebowski quien le suplica su ayuda para pagar el secuestro de Bunny Lebowski, la esposa trofeo del anciano y que fue raptada por un grupo de nihilistas alemanes, quienes también se meten a la vida de El Dude, al mismo tiempo que Maude Lebowski (Julianne Moore), la hija del magnate quien revela un mundo de pornografía y deudas que ponen a trabajar al tipo que sólo quería su tapete.

El Gran Lebowski es una obra maestra y una de mis películas favoritas. Es la película más accesible de Ethan y Joel Coen y con esto no se demerita la calidad de una película que a 20 años, cada vez revela la complejidad que tiene desde su génesis textual, porque su guión es impecable y lo que revela no lo hace a primera instancia; lo que en un principio en una historia de un inútil y su tapete, termina siendo la amalgama perfecta de humor extraño, homenaje de novelas policiacas de Raymond Chandler y el cine decadente de Hollywood y su sueño y ahora que soy adulto, aparecen elementos que nunca había considerado.

Esta es una película de fracasados, de gente que se enfrenta a la estadía de un nuevo milenio y en donde las costumbres no quieren cambiar. Estrenada en 1998 –a dos años del nuevo milenio- y trasladada en principios de la década, el mundo se mueve: hay guerras, hay avances tecnológicos, y pensamientos new age, pero estos no competen con El Dude y sus amigos, quienes no buscan precisamente servir a su comunidad, prefieren estar en su microcosmos conformado por un torneo de boliche y en cafeterías sacadas de los años cincuenta.

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En medio de todos, está El Dude, quien dista mucho de ser un ejemplo de vida para todos pero sí en el sentido de que no busca complicarse la vida y aprende a ser feliz con lo que de verdad le importa, y choca con todos los demás personajes que curiosamente enfrentan a un grupo de nihilistas pero en cierto punto practican este pensamiento, también ocultando quienes son en realidad.

Walter es un veterano de la guerra de Vietnam que siempre asocia todo con su sufrimiento y su volátil temperamento está a la par de su pasión por las armas… pero vive encerrado en el daño que le causó su divorcio y termina siendo un esclavo de su ex esposa que lo usa para cuidar a su perro al mismo nivel que su doctrina religiosa.

El Gran Lebowski no es el hombre magnate millonario que aparenta ser con todo y sus cuadros de honor, es un hombre que busca molestar a su hija consiguiendo una mujer mucho más joven que ella como su madrastra. Maude Lebowski podría parecer real, pero lo cierto es que hay una lectura sobre el arte que realiza y el rodearse de gente que lejos de expresarse en esta área lo hacen con un tono presuntuoso y la cual sólo busca tener un heredero del nombre Lebowski.

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Extrañamente incurriendo en una relación con otro Lebowski, en este caso el inferior y aquel que le haga molestar más a su padre.

Incluso Donnie es partícipe de esta creencia, porque es un buen amigo, pero siempre resulta distante en la conversación y apenas tiene idea de la gente con la que se junta quienes actúan de manera recíproca con él.

Porque al final nada importa.

Es una película a la que ni el narrador le interesa contar en el momento –porque se pierde en devaneos mentales- y en donde el clímax se resuelve de inmediato, pero termina siendo una maraña de enigmas de detectives para los cuales El Dude no está hecho para resolver de manera adecuada. Mucha gente se ha quejado de que El Gran Lebowski no lleva a nada, pero precisamente ese es el punto. Sus personajes parecen llevar rumbos en donde el progreso no es importante y no importan las decisiones, estas no llevan a un cambio radical en la forma de pensar.

Y a veces así es la vida: la vida no te pone problema tras problema de manera tan fácil como el argumento de una obra fílmica, a veces tus acciones no van a cambiar el mundo porque en el fondo no importas.

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N A D A.

Y encuentro eso glorioso de apreciar, sobre todo a esta edad y partícipe de una generación que no tiene asegurada la vida como la de sus padres, que enfrentan el dilema de qué querer ser frente a un mundo cada vez más cerrado en cuanto a oportunidades.

Así que lo único que te queda hacer es disfrutar lo que eres y lo que necesitas.

El Gran Lebowski como toda obra maestra, no fue bien recibida en su estreno el 6 de Marzo de 1998. Los hermanos Coen salían del éxito crítico que resultó Fargo del año pasado, entonces ver una película totalmente fuera del “estilo” de la anterior fue causa de que la repudiasen y de que Universal no quisiera promocionar el filme, pero conforme pasaba el tiempo, la gente encontró una película de culto que en nuestros tiempos ha explotado.

Existe una doctrina religiosa inspirada en nuestro héroe de lentes y rusos blancos, una convención de bolos en donde la película se muestra con un público disfrazado, se analiza con frecuencia las metáforas de virilidad y feminismo latentes en el poderoso atractivo visual, y de manera personal las frases son parte de mi día a día y es una película que como mencioné, hice que todo mundo la viera, hasta termino asociándola con este calor indescriptible de Marzo que me rememora a esos días de tedio y Creedence en medio de psicotrópicos y alcohol.

De alguna forma pasó lo que dice nuestro añorado Jeffrey Lebowski al final: el

Lebowski que importa.

“The Dude abides”.