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EL AMANECER DE LOS MUERTOS VIVIENTES (1978)
24
Oct

EL AMANECER DE LOS MUERTOS VIVIENTES (1978)

10 años después de cambiar el horror, George Romero regresó al género que inició y lo volvió aún más famoso que antes.

Soy una persona bastante solitaria. Mi trabajo me exige estar leyendo o investigando sentado en casa porque no cuento con una oficina, obviamente eso es indicativo de que no tengo mucha interacción humana a lo largo del día. Habrá gente que diga que esto es una bondad y que es mejor escuchar los ronquidos de tu perro durmiendo arriba de tu cama al escribir que los más recientes chismes sobre ti en la oficina, pero la verdad es que llega a ser tedioso por la carencia de contacto humano que de vez en cuando no hace daño. Al ser tan solitario, a veces mi único consuelo respecto a interacción social y mata tedio después de un día largo es ir al supermercado; ir a una tienda de franquicia gigante por la noche es una actividad que por alguna razón me relaja: los pasillos se encuentran vacíos, y eres tú con tu carrito de compras razonando en si debes llevarte una bolsa de zanahorias bebés con la no tan frecuente aparición en el horizonte de un trabajador recogiendo su área o de gente que comparte esta afición y necesidad contigo.

Es en medio de estas compras nocturnas con las puertas cerradas y el abandono del lugar, con el sonido claro de tu andar y la cantidad de objetos que ves a tu alrededor, es cuando piensas sobre las posibilidades de que este fuera tu hogar ¿Vivirías al lado del pasillo de los colchones? ¿Verías todas esas películas a tu disposición o las usarías como boomerang? ¿Te pondrías finalmente a hacer ejercicio con esos aparatos y bicicletas que siempre has querido comprar pero nunca lo haces por gastos repentinos?

¿Podrías vivir así?

Es curioso que llegues a pensar en eso cuando sales de tu casa esperando tener un respiro, a lo que llegas a considerar en si tu opción de vivir en el centro comercial, fue un último recurso… eso pensó George Romero en 1974. Acaba de recibir un tour privado por el centro comercial de Monroeville, y está en un balcón viendo pasar a la gente inmiscuida en sus asuntos. “Alguien podría vivir bajo este lugar” bromeó al principio con su amigo, pero en el fondo Romero está construyendo un proyecto muy dentro de su cabeza. Recordemos que para 1974 lo que menos quiere, es que se le asocie al género del horror, ha perdido amistades por sus proyectos y no quiere ser encapsulado pero tampoco olvida algo: que es un padre del horror moderno. Es una distinción pesada y que eleva egos, y por supuesto que no quiere llevarla a pesar de que sabe que es lo correcto.

Bueno, es una tonta idea que no da para más que sólo lo comenta con sus amigos, lo preocupante del asunto, es que de pronto comienza a recibir llamadas de Dario Argento. Romero sabía del trabajo como director de Argento y cuando este estaba de gira promoviendo Suspiria (1977) pidió una cita con George y con Erick Rubinstein, para suplicarle al director de La noche de los muertos vivientes (1968) de que hiciera realidad la secuela de una de las películas más representativas de nuestros tiempos. Aduló lo suficiente a Romero como para que este aceptara tomar una vacaciones junto a su esposa en Roma, donde haría un estaría trabajando por dos días enteros en un guión, seguido de otros dos días de descanso en los que un traductor adaptaba el guión para beneplácito de Argento, quien aceptó el proyecto de Romero, le juró que encontraría dinero necesario y que él sería el encargado de la distribución europea.

Romero reunió a su equipo de producción, con viejos amigos en varias áreas, y con más decisión que nunca, porque ese Romero que en 1968 buscaba hacer cine por su propia cuenta estaba de regreso en su adorada Pittsburgh, sin tener idea de que volvería a cambiar el mundo.

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El amanecer de los muertos al igual que su anterior entrega tiene un inicio memorable. No hay una fanfarria de créditos en logo, sino que estamos de nuevo frente al filme, y lo primero que vemos es a Fran (Gaylen Ross) dormida como niña en la esquina de un cuarto rojo. Tiene pesadillas que nos dan una idea de cuánto tiempo ha estado en el trabajo, promoviendo las noticias sobre un ataque extraño de muertos que reviven y que se ha expandido por todo el país, al salir del cuarto con ella, de lo que somos testigos es de la tesis primordial en las películas de Romero: la incomunicación será la causa de nuestro deterioro.

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No es coincidencia alguna de que el propio Romero aparezca en este segmento como cameo.

Mientras vemos el debate sobre qué hacer dentro y fuera de las cámaras, un frío recorre nuestras espaldas, porque no hemos sido testigos de lo que pasó. De alguna manera sabemos porque estamos frente a la secuela de La noche de los muertos vivientes, pero los zombies a color no se nos han mostrado, sólo escuchamos las consecuencias y el desesperar humano sobre qué hacer. Este desesperar hace que Fran y Stephen (David Emge) digan: al carajo, mejor huyamos.

Mientras tanto, en un complejo departamental, vemos cómo un escuadrón especial se está enfrentando a un edificio de puertorriqueños que se rehúsan a entregar sus muertos y heridos, lo que desata en un tiroteo dentro y fuera del edificio.

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Y un cameo de John Amplas, quien antes fuera el vampiro moderno en Martin del propio Romero.

El escuadrón se mueve, y queda como obligación de Peter (Ken Foree) y Roger (Scott Reiniger) el acabar con los familiares depositados en un almacén subterráneo, cosa que hacen con descontento y que les hace reflexionar para decir: al carajo, mejor huyamos.

Estos dos grupos tienen la fortuna de encontrarse en el camino y deciden unir esfuerzos para encontrar un lugar alejado de los problemas que presenta vivir con los nuevos inquilinos del planeta. Y es en una oportunidad de recuperar provisiones, que plantean lo siguiente ¿Qué pasaría, si nos quedásemos a vivir en el súper centro comercial que estamos robando?

La trilogía clásica de Romero es una perfecta serie de películas que reflejan inquietudes cuando se prestan al análisis, si bien en la primera parte estas inquietudes fueron herencia meramente accidental, para 1978 Romero ha madurado como cineasta que quiere reflejar subtextos dentro de su película, no es por ello ningún secreto de que su visión apocalíptica venga acompañada de una reflexión sobre el sistema capitalista y del consumo. Los zombies seguimos siendo nosotros, y nosotros formamos parte de una bancada de descerebrados que se amontonan en los centros comerciales comprando cosas que no nos sirven o consumiendo chatarra en toda forma de la palabra, el andar de masa de los muertos vivientes forma parte de una actividad que a pesar de efectivamente estar podridos y carentes de alma, es algo que asocian a una actividad normal, más que la de actuar razonablemente, o la de no devorar personas.

Encuentro muy curioso de que el cuarteto vea como enemigo al zombie comercial, mientras que se esfuerza por encontrar resguardo y ensueño dentro del propio establecimiento. Eso de cierta forma no lo aleja de su enemigo, y quizás lo haga más latente a una aproximación vilificada, porque sabe de la ilegalidad del asunto y llega a establecer un paraíso libre de obligaciones mientras el mundo se va a la mierda, paraíso que termina por causarles tedio en cierto punto que no les exhume de las problemáticas de perder a un ser querido o de traer uno a este nuevo orden social.

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Y que encuentran conflictivo y ajeno de toda virtud con la llegada de humanos más adaptados a la supervivencia e inmorales.

Romero logra hacer que pensemos sobre su puesta en escena de manera muy sutil con las aptitudes de un maestro en el tema porque El amanecer los muertos vivientes se trata de una película que logra balancear humor, horror, y la fascinación del público por el gore y una estética que se presiente barata en un sentido noble, un sentir de querer plasmar su idea antes que ceder a las presiones de un estudio que no le hubiese dejado poner una cabeza explotando ni las insatisfacciones sexuales de una pareja en una película que se consideraba barata.

1978 es el año favorito de Romero. Con Martin expresó sus inquietudes frente al escepticismo de la época en una forma libre de dirigir que lo preparó para El amanecer de los muertos vivientes, la diferencia entre los dos proyectos radica en que uno fue sepultado en la taquilla, mientras que el otro le dio remuneraciones inesperadas para él y su equipo que estaban acostumbrados a fracasar monetariamente. La gente hacía filas de nuevo para ver al padrino del monstruo moderno con una entrega que subía las apuestas y que les daba un viaje excepcional de horror, humor latente y cínico, y un final igual de desesperanzador que el anterior, sólo que aquí había una pizca de posibilidad de persistir, como nosotros los humanos siempre tendemos a impulsar en todos nuestros temores de extinción.

Hizo lo que quiso, nadie le pudo decir que no, y encima se pone a darle pastelazos a los zombies ganándose el título de la mejor película de 1978, por eso Romero siempre fue mi héroe.