Diálogos: Kevan Funk

Un nuevo rostro del cine contemporáneo canadiense

Kevan Funk es un director canadiense reconocido por sus cortometrajes y ahora, por su película Hello Destroyer, la cual ha causado conmoción en cada una de las salas en que se ha proyectado, rompiendo el corazón de la audiencia, pero dejando un gran y magnífico mensaje sobre la expresión humana.

Tomando el mundo del hockey como una referencia para contar su historia, Kevan crea una metáfora sobre la forma en la que las instituciones, en este caso, la del deporte nacional de Canadá, utilizan la violencia como un medio necesario de formación en los jóvenes, haciéndoles un daño oscuro e interno. Kevan nos muestra, mediante una perfecta y muy acertada imagen, la represión de su protagonista al expresarse con el mundo que lo rodea.

Una película a la que no estamos acostumbrados, revelando una cultura e identidad canadiense como nunca antes se ha mostrado.

ENTREVISTA

¿Cómo decidiste crear esta metáfora sobre los jóvenes creciendo dentro de la violencia del hockey?

En realidad se extiende más allá del hockey. Creo que la gente que está en ese mundo encuentra autenticidad en la película, pero es para todas las audiencias. Incluso aquí en México, donde no están tan conectados con ese deporte.

Me gusta el hockey pero no soy un gran fanático. Lo que quería mostrar es como la violencia opera a través de diferentes sistemas y dinámicas culturales en donde falla la justicia, algo que como individuos no vemos lo que implica. Cuando se habla de violencia o justicia siempre se toma como el retrato de un criminal, sólo de esto, pero hay mucha más violencia en otras condiciones culturales como la pobreza o la educación. Estaba muy interesado en mostrar eso, también en la responsabilidad y cómo en las instituciones como la militar y la policía, los más altos culpan a los menores porque siempre debe haber algún responsable, pero hay muchas más cosas en eso.

Cuando estaba haciendo esta película sabía que quería hacer algo muy canadiense y muy fiel, necesitaba esas grandes instituciones culturales con una estructura similar y el hockey es una de ellas, pero puede pasar con cualquier deporte; con el futbol americano o el soccer. Fue sólo una forma de hacer una crítica a esta institución.

¿Te identificas con el protagonista?

Es una muy buena pregunta, es interesante escribir personajes, creo que los que me conocen creerán que no tenemos mucha conexión porque yo suelo ser muy extrovertido y soy muy feliz y él es muy introvertido, le es muy difícil comunicarse y no se puede defender a sí mismo, son algunos de los demonios que se ven en el film. Pero hay mucho de él en mí, no sólo en pequeñas cosas sino en espíritu. Creo que al escribir, los personajes siempre son una parte tuya, trato de alejarme de ello, no quiero que sea tan personal, pero escribir esta película fue importante porque siempre estuve en los hombros de él, aunque no habla pasan muchas cosas en silencio.

Jared, el actor, es fenomenalmente bueno y no dudo que será muy exitoso. Cuando escribes para un personaje que conoces sabes qué elementos son sus fortalezas y es maravilloso poder moldearlo a lo que buscas.

¿Cuánto tiempo tomó Hello Destroyer desde la idea hasta la culminación?

La idea vino hace mucho tiempo, como cuatro o cinco años. En realidad era sólo que estaba interesado en el tema pero cuando terminé la universidad e hice algunos cortometrajes, entonces supe que quería que mi primer largo fuera éste. Tratar sobre justicia social y esas cosas, mostrar un sentido auténtico de Canadá ya que no hay mucho cine así en el momento. No quería hacer algo para el mercado americano sino algo con lo que crecí, una parte de Canadá que conozco.

Lo más difícil fue conseguir dinero, especialmente con un drama donde el personaje pasa por cosas muy difíciles y todo se mueve en torno a él, aunque no habla es algo muy meditativo y convencer a la gente de que te dé dinero para eso es difícil. Tuvimos el apoyo de Telefilm afortunadamente, pero antes no pudimos empezar el rodaje cuando debíamos por financiamiento.

Me sentía muy fuerte respecto a hacer algo canadiense y fui muy afortunado en tener conmigo a Ben, mi cinefotógrafo, porque sabíamos que podríamos hacerlo con bajo presupuesto y así lo hicimos. La película se siente con un presupuesto mucho más grande del que tuvimos y estoy orgulloso de eso.

¿Cómo definiste la estética de la película? ¿Qué mensaje deseabas proyectar?

Hay un estilo y un tono muy establecido en nuestro trabajo, Ben y mío. Hace como 10 años que trabajamos de la mano porque fuimos a la escuela y crecimos juntos como cineastas. Nuestro estilo está muy apegado a nosotros, no digo que sea impenetrable pero es una estética que nos gusta y que está en la película.

Somos muy cinematográficos pero también con naturalidad y eso me gusta mucho. En la composición utilizamos muchas tomas estáticas porque le da libertad a los actores. Se trata de pensar mucho antes en lo que quieres y entonces jugar al filmar. Hay una parte de la narrativa muy importante porque aunque este personaje no se expresa verbalmente, esto te da fuerzas para solucionarlo creativamente; se filmó muy de cerca para enseñarle a la audiencia que están ahí con él y que reacciona más de lo que se nota.

La película es muy oscura, se maneja una luz muy baja y hay muchas sombras en el protagonista, el ambiente es casi claustrofóbico. Queríamos que fuera una forma de articular su ansiedad y el peso que tiene sobre él, no lo vemos en lugares abiertos, siempre con esta sensación de un lugar cerrado. Fue algo muy importante para expresarle al público con visual, en vez de diálogo, lo que se quiere decir.

¿Sobre qué tratará tu próxima película?

Estoy trabajando en varios proyectos; no me quiero encasillar en hacer sólo cine en Canadá, cuando alguien tiene éxito siempre se va a América y tiene sentido, pero quiero intentar hacer algo allá y volver a Canadá y volver siempre. Hay muchas buenas historias en Canadá, es un país de oportunidades y hay grandes películas, pero no podemos compararnos aún con el cine contemporáneo de otros países; no hay una identidad, no hay una idea de lo que éste es aún y aunque haya magníficas películas, es muy difícil identificarlo, me interesa estar ahí.

Cineastas como Sophie Goyette, Ashley McKenzie o Stephen Dunn son jóvenes cineastas canadienses que tampoco quieren encasillarse en Hollywood sino en encontrar más este país, hacer cine que refleje ese Canadá sin clichés o ser digerible para el mercado americano sin abrazar autenticidad.

Estoy haciendo un proyecto en Estados Unidos y será la primera vez en la que adapto algo, pero hay muchas historias en el oeste de Canadá que aún quiero contar, amo a este país.

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