CENTINELA DE LOS MALDITOS (1977)

La fiebre siempre azota a Hollywood, es algo tradicional e inevitable, porque así es como se comienzan a generar clásicos y productos de éxito en sus respectivas épocas. Los hay de todos los temas, pero uno que siempre he encontrado curioso es aquel inspirado en películas centradas en torno al eterno conflicto del bien y el mal representado en lo pagano y lo cristiano.

En otras palabras: películas sobre el ocultismo.

Es muy interesante porque en sí es un sub género que encuentro muy propagandístico; no me malinterpreten, con ello no digo que sea pésimo pero quién diría que la advertencia más impactante entre las audiencias sería el ver películas donde el maligno hace de las suyas, y lo peor es que no puedes hacer algo al respecto porque al final no importa tu credo, raza o género… tu última esperanza radica en creer en las sanaciones excretas por organizaciones religiosas.

No es ningún secreto a leguas que El Exorcista (William Friedkin, 1973), sea la película más conocida del sub-género. Esta popularidad es palpable todavía en nuestros tiempos–un día pregúntenle a sus padres de cuando fueron a verla al cine y encontrarán todo tipo de anécdotas- pero de manera triste ciega a las personas de los alcances de dicho sub-género. Si debemos sintetizar un mapa mental simplón para la aparición de El exorcista, este empieza con la inquietante El bebé de Rosemary de Polanski, que en 1968 se volvió la nueva mecha para el mentado género, en básicamente su tercera oleada (porque sí, es un género que se niega morir). Los demonios de Ken Russell en 1971 tomaría el concepto de una manera más maniaca, terrenal y crítica, y resulta una curiosidad que Warner Brothers –el estudio que produjo las dos obras- censurase una mientras que la otra es celebrada y por lo tanto devora la atención de todo, previo y posteriori.

Es precisamente de la obra de Polanski y no la de Friedkin la inspiración para Centinela de malditos, película de 1977 dirigida por Michael Winner que depende de cómo se vea es un rotundo fracaso o una peculiaridad dentro de la etiqueta del maligno.

Alison Parker (Cristina Raines) es una joven modelo con todas las opciones de triunfar en esta labor; es amable y goza de una relación con Michael Lerman (Chris Sarandon), un abogado recientemente viudo y que le clama a Alison que ya se casen. El asunto es que ella para poder sentirse preparada para el matrimonio –y de paso ahogar ciertos demonios personales- quiere independizarse, por lo que en busca de una opción para habitar encuentra una zona departamental a muy buen precio en Brooklyn.

Al llegar ahí Alison conoce a sus vecinos demasiado extraños, entre los que se encuentran Charles Chazen (Burguess Meredith), un anciano que tiene por amigos a un canario y a un gato y a Gerde Engstrom (Sylvia Miles) y Sandra (Beverly D’Angelo) unas artistas lesbianas que se le insinúan a la joven modelo. Conforme pasa el tiempo, Alison comienza a sufrir de problemas para dormir, visiones extrañas y encuentros con gente que resulta llevan muertos por mucho tiempo, con la ayuda de su pareja comienza a indagar sobre sus problemas, de sus vecinos, de su departamento, y de un padre que vive en el último piso y quien sólo pasa todo el día sentado hacia la ventana cuidando la puerta hacia el infierno.

Michael Winner no fue la primera opción para Centinela de los Malditos. Originalmente Universal estaba apuntando a que Don Siegel fuese el director. Don Siegel gozaba de una carrera exitosa hasta el momento y además estaba siendo reevaluado por la crítica gracias a ser el valiente que dirigió “La invasión de los usurpadores de cuerpos” en 1956; supongo que la decisión de traer a Winner derivó de su éxito de taquilla con “El vengador anónimo”, cosa que debieron analizar con más calma, porque Winner hizo un revoltijo fílmico.

El gran problema de Centinela de los Malditos es su ritmo, culpa de un guión –de Jeffrey Konvitz, autor de la novela original y quien escribió una saga esperando una franquicia fílmica- destrozado por la producción. No se da tiempo para contar cosas y por lo tanto obtiene un ritmo frenético que no es agraciado, porque tal es su prisa que termina por omitir escenas importantes o dar desarrollo a todos sus personajes, por lo tanto existen una serie de viñetas incoherentes y ocasionalmente exageradas al punto de llevarnos a la risa involuntaria, generando un problema que es parte del cine del cine de explotación de la misma época.

El más notorio y el que más daña es que de pronto aparece en la película una subtrama sobre el posible asesinato de la anterior esposa de Michael con todo e investigadores que parecen sacados de otra película –y son un desperdicio de Eli Wallach y Christopher Walken– porque bromean y han estado siguiendo a Michael por mucho tiempo para… desaparecer, con todo y el drama de la resolución frente a esta incógnita.

Alison supone tiene un pasado trágico bastante bizarro y que no explica nada sobre sus temores o decisiones, y lo peor es que puede llegar a ser un personaje torpe porque es incapaz de reaccionar de manera realista frente a lo que le pasa (eso de que una mujer se masturbe frente a ti mientras tomas una taza de té con cara absorta no es la mejor de las reacciones). Aun así Cristina Raines hace lo que puede con el guión y es una pena que no tuviese muchas oportunidades en el cine, porque tenía gracia y potencial.

Siendo tal que Raines es la que mejor hace su trabajo. Chris Sarandon está leyendo sus diálogos y nunca expresa de manera genuina un papel, además están las toneladas de actores que salen por minúsculos momentos y que… pues bueno, ahí están. Notorios los casos de Ava Gardner quien obtuvo titular en varios de los promocionales de la película y sólo se dedica a ser una asesora de bienes raíces que aparece 3 veces y el cameo de Richard Dreyfuss que sólo aparece como un extra glorificado.

No es una película competente, sin embargo… tiene algo.

Winner es un torpe a la hora de amarrar una trama, pero esta torpeza logra una película genuinamente desconcertante, porque uno no sabe si estas exageraciones narrativas y de personajes son producto de la imaginación de Alison o realmente suceden. A eso hay que sumarle por alguna razón, eso de dirigir momentos de terror incómodos fue algo en lo que salió airado la mayoría del tiempo, y es precisamente este aspecto que logra obtener lo que para mí es uno de los mejores “jump scares” de la historia del cine que no voy a describir, pero es un momento tenso y que viene de la nada.

Con la incógnita del tiempo y nociones de realidad, el personaje de Burguess Meredith adquiere un tono desagradable que evoluciona con la película y David Carradine aparece de manera sorpresiva con una aberrante apariencia que le avejentaba más de lo que en realidad era en esa época, como una figura recta a su labor en los oficios de ser un cancerbero al infierno.

Eso vuelve a Centinela de los malditos un batido de momentos extraños, torpeza al dirigir a la par de genialidad y aderezado de un tema clave en los setentas que comprueba que todo mundo tenía el interés por aportar algo al tema del caído, no obstante eso no es sinónimo de que todo mundo podía. Por ser de esas que entran en la categoría de “tan mala que es buena”, la recomiendo a reservas para esos que están interesados en el sub-género, o para ver cómo los estudios siempre han desperdiciado dinero de manera extraña.

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